El frenético y veloz suceso de los acontecimientos tan propio de la modernidad también ha esparcido sus tentáculos sobre el fútbol. En unos tiempos donde prima el valor de lo provisional y el ansia por las novedades, Craven Cottage, la casa del Fulham, parece erigirse como un paréntesis que pone en valor lo atemporal, así como la salvaguarda del encanto, esa propiedad de la cosa en riesgo de desaparecer


Cuando Archibald Leitch murió en abril de 1939, a apenas 48 horas de celebrar su 78 cumpleaños, su nombre en la sección necrológica de los periódicos brillaba por su ausencia.

Algo más se esperaba encontrar en las revistas de arquitectura e ingeniería. Pero nada más lejos de la realidad. Una breve entrada en el Journal of the Institute of Mechanical Engineers, organismo profesional al que perteneció Archibald, pareció suficiente. “Ingeniero consultor y un arquitecto de fábrica” fue todo lo que se pudo leer de su legado. Los más optimistas vieron en esas palabras un hábil y creativo proceso de deconstrucción de su figura, pero lo cierto es que se asemejaban más al proceso de demolición de una vetusta edificación. De su herencia, en este caso.

Para ser más justos con su figura, cabría añadir que Archibald Leitch era un diseñador de sueños. Sueños de cemento, con gradas equipadas con asientos y una alfombra verde de por medio. Sueños compartidos por miles de personas, que acudían cada domingo al estadio, como si de un acto litúrgico se tratara. Donde aclamar a los jugadores y gritar sus goles.

Pero ¿qué había del asiento en el que se acomodaba el espectador? ¿Quién lo había diseñado? Tal vez el arquitecto sea uno de los grandes olvidados del mundo de la pelota. Y ni siquiera la magna obra de Archibald pudo oponer resistencia a semejante corriente amnésica.

Para hacerse una idea de su dimensión, basta anunciar que, en la década de 1920, su particular apogeo profesional, 16 de los 22 clubes que ocupaban la Primera División habían contratado a Archibald en un momento u otro. Stamford Bridge, Anfield, Goodison Park, Arsenal Stadium, Old Trafford y un extenso etcétera. En todos ellos metió mano Archibald.

Nacido en Glasgow, en 1865, dio sus primeros pasos en el mundo del ladrillo con el diseño de fábricas en su ciudad natal y en Lanarkshire. Sin embargo, no tardaría en cambiar el símbolo de la Revolución Industrial por los campos de fútbol, los templos modernos. Su nueva andadura no podía empezar de mejor manera: en 1899 recibió el encargo de edificar el Ibrox Park, el nuevo estadio de los héroes de su infancia, el Glasgow Rangers.

A partir de entonces, empezó a hacer estadios como el que hace churros. Y es que entre 1899 y 1939 se encargó del diseño de parte o totalidad de más de 20 estadios en el Reino Unido e Irlanda. Cifras que abruman. Cifras del héroe en la sombra del fútbol británico.

Craven Cottage, el último superviviente

Sin embargo, el inexorable paso del tiempo no perdona. Ni siquiera a Archibald, cuyos trabajos, en su gran mayoría, han sido demolidos para su reurbanización. En su gran mayoría, decía, ya que Craven Cottage y el Ibrox Stadium se encargan de honrar la memoria del arquitecto escocés.

Sería especial tratar el diseño e historia del Ibrox, la sede del equipo de sus sueños. Sin embargo, la historia que rodea Craven Cottage es uno de esos imperdibles del mundo del fútbol que, de buen seguro, recompensará la paciencia del lector. El título del presente artículo no engaña, así que toca trasladarse al sudoeste de Londres, en el barrio de Fulham, donde descansa Craven Cottage, un estadio con un encanto especial.

El encanto. Esa cualidad de la cosa que suspende o embelesa que parece hallarse en peligro de extinción. Más aún en estos tiempos modernos de construcción de nuevos coliseos. Sin embargo, Craven Cottage persiste. Puede que los haya que acojan a más espectadores; que gocen de gradas más lujosas; con butacas más cómodas que el sillón de casa; y hasta con techos retráctiles, para combatir las adversidades meteorológicas. Habrá incluso quien prefiera las bondades de la tecnología, el apellido de las marcas y el olor a plástico que desprenden los renovados coliseos. Pero el encanto no se forja sobre un plano arquitectónico, con diseños barrocos. Se fragua con el peso de la historia. Con el deterioro fruto del paso de los años. Y Craven Cottage parece erigirse como caso paradigmático.

Un poquito de historia

Sus raíces etimológicas se hallan en el remoto siglo XVIII, el “Siglo de las Luces”. El mismo en el que se inventó la máquina de vapor (1705), en el que se independizaron los Estados Unidos (1776) o en el que estalló la Revolución Francesa (1789). Pues bien, allá por 1780, William Craven, el sexto Barón Craven, construyó el Cottage (casa de campo o cabaña en inglés) en el círculo central del estadio actual. Bañado por el río Támesis, en aquellos tiempos se encontraba rodeado por frondosos bosques que constituían un área de caza.

Dicen las malas lenguas que la reina Victoria se dejó caer por el Cottage, dando tregua a sus deberes reales. Los rumores son extensibles a otras personalidades de la magnitud de Edward Bulwer-Lytton (autor de Los últimos días de Pompeya), Sir Arthur Conan Doyle o Jeremy Bentham. Sin embargo, un incendio en la bucólica zona arrasaría con todo. Todo menos su recuerdo, que el Fulham se encargaría de rescatar de entre los escombros.

Era 1888 y, por aquél entonces, el Fulham ya presumía de 9 años de historia a sus espaldas (1879). Pero no de un hogar estable. Ocho campos distintos en sus primeros 15 años de historia así lo atestiguan. Hasta que llegó él. Los mandamases del Fulham pusieron un ojo en los calcinados terrenos de Craven Cottage y llegaron a un acuerdo con sus propietarios.

Tras 2 años de obras, Craven Cottage ya era una realidad. Muy rudimentaria, pero una realidad. Cuatro estructuras de madera, equipadas con 250 asientos cada una, fue su primigenia expresión, que le mereció el cariñoso apodo de “conejera”.

Pronto se pondrían las cosas feas. El Consejo del Condado de Londres diagnosticó ciertas deficiencias en el nivel de seguridad del terreno, presionando para cerrarlo. Era 1904, y lo que parecía desembocar en el enésimo traslado del Fulham acabó convirtiéndose en una oportunidad que no desaprovecharon. Una oportunidad con nombres y apellidos: Archibald Leitch.

El arquitecto escocés, avalado por la construcción del Ibrox años atrás, apareció cual revelación divina. Y con la ayuda de un presupuesto récord de 15.000 libras esterlinas, se conformó el nexo perfecto entre talento y capital. El resultado de ello ha sido tan exitoso que aún permanece, impasible, en la actualidad: el Pavilion (el actual “Cottage” en sí) y el Stevenage Road Stand, con su emblemática fachada roja estilo ladrillo.

Johnny Haynes Stand y The Pavilion, las joyas de la corona

Un rojo que se acabó tiñendo de negro. Corría la temporada 2005-2006. La grada erigida por Archibald (Stevenage Road Stand) estaba de celebración, dado que cumplía su particular centenario. Todo parecía confeti y serpentinas, pero un desafortunado accidente automovilístico se coló en la fiesta para cobrarse la vida de Johnny Haynes. Hijo predilecto del Fulham y ex capitán de Inglaterra. Desde entonces, el Johnny Haynes Stand preside Craven Cottage y, desde 2008, una estatua suya custodia el estadio. 

Dejando a un lado el componente conmemorativo, puede presumir de ser la grada más antigua que permanece en la Football League y el fútbol profesional. Y, por si fuera poco, todavía hoy conserva buena parte de los asientos de madera originales, cuyos desperfectos solo pueden ser tratados por expertos restauradores municipales. Generaciones enteras de traseros acomodadas.  Des de 1905.

La fachada exterior que da a Stevenage Road tampoco escapa de la mística del estadio. Junto con el ladrillo rojo que la conforma, una de las joyas de la corona de Craven Cottage, tiene lugar una pieza que no acaba de encajar. Una pieza numérica que indica la fecha de fundación del club: 1880. Aunque sea por poco, el Fulham realmente se fundó un año antes, lo cual puede verse como una muestra de la cara más terrenal de Archibald. Porque los genios también pueden tener un mal día.

De 1905 también data The Cottage Pavilion, el otro legado de Archibald. El motor de su construcción tal vez constituya una de las anécdotas más rimbombantes que puedan involucrar a un estadio de fútbol. Resulta que, en sus planes finales, el bueno de Archibald no previó un elemento que se antoja fundamental para el sujeto en cuestión: los vestuarios. De ese modo, con la improvisación como mejor arma, se erigió The Cottage, donde se acomodan los vestuarios. Sin embargo, tal vez para disimular ese “pequeño” descuido, también se habilitó un balcón con varios asientos reservados para que los familiares y amigos de los futbolistas contemplasen el partido. En el pasado, incluso se erigió como sede donde la junta se reunía para tomar decisiones. Pero ninguno de estos adornos haría olvidar una de las particularidades más llamativas de Craven Cottage.

 

Stevenage Road Stand

The Cottage Pavilion

 

 

Asientos de madera originales (1905)

Fachada Stevenage Road

Renovarse o morir

Con el transcurso de los años se hizo evidente que el campo necesitaba maquillaje, y no se pudo escoger una mejor ocasión para ello: el ascenso a la primera categoría del fútbol inglés en 1949. Más tarde, en 1962, se instalaron unos modernos focos que arrojaran un poco de luz al apagado fútbol del Fulham. A los focos le siguieron un marcador electrónico, un techo sobre la grada de Hammersmith End o la construcción del Eric Miller Stand (ahora Riverside Stand). Pero ninguno de esos cambios se llevó por delante la firma de Archibald. El encanto permanecía intacto, tal vez la mayor victoria que nunca hayan presenciado los aficionados del Fulham.

El cambio de siglo puso de relieve para Craven Cottage que el fútbol, tal y como lo había conocido, estaba cambiando. Aunque fuera a golpe de tragedias. Lo acontecido en Sheffield marcó un punto de inflexión: día 15 de abril de 1989. Estadio de Hillsborough (Sheffield). Semifinal de la FA Cup entre Liverpool y Nottingham Forest. 96 aficionados mueren aplastados contra las vallas de seguridad por una avalancha humana.

De Hillsborough al Informe Taylor. De la causa a la consecuencia. Gran Bretaña vivía sus últimos meses bajo la influencia de Tatcher, la Dama de Hierro. Sin embargo, antes de abandonar el poder tuvo tiempo de sacar adelante el Informe Taylor (1990), un paquete de medidas para incrementar la seguridad en los estadios británicos. A raíz de una de ellas, que ordenaba eliminar las tradicionales localidades de pie, Craven Cottage experimentó su última gran metamorfosis.

Con la nueva legislación en la retina, el por entonces ambicioso presidente del Fulham, Jimmy Hill, presentó, en 1966, unos planes para un Craven Cottage con omnipresencia de asientos. Sin embargo, las intenciones de Hill se quedaron en eso y cuando el Fulham se dio de bruces con su ascenso a la Premier League, en 2001, vinieron las prisas. Se trataba del único club de primera que aún disponía de gradas de pie, una singularidad nada apetecible.

Lejos de ponerse manos a la obra con la reforma, un traslado a Loftus Road se erigió como la vía de escape para burlar la prohibición. Al ser el hogar del Queens Park Rangers, el archienemigo local, es fácil adivinar la reacción de la hinchada. El solo acudir a los partidos del Fulham en calidad de visitante se quedaba en anécdota si lo comparamos con el grupo de presión que se estableció para forzar a las altas esferas al regreso a Craven Cottage. Fulham Suporters Trust y la nostalgia por el calor del hogar terminaría dando sus frutos, y en 2003 llegó el ansiado anuncio de remodelación del estadio. La temporada 2004-2005 vio el renacer de Craven Cottage. Hogar dulce hogar.

Una estatua y un sueño

Al Fayed con la estatua de Michael Jackson

Si en un pasado remoto el embrión de Craven Cottage estuvo frecuentado (dicen) por la mismísima reina Victoria, los tiempos presentes parecen querer dar continuidad a dicha costumbre, aunque con matices. En los aledaños del estadio, en forma de estatua, se erigió entre 2011 y 2013 otro rey. El del pop, en este caso. El interés de Michael Jackson por el fútbol competía con el de un vampiro por tomar el sol, de modo que su pétrea presencia solo encontraba explicación en su amistad con Mohamed Al Fayed, antiguo propietario del club. Así que, tan pronto como se fue Al Fayed, lo hizo Michael Jackson. Dicen que, desde su marcha, el ritmo de los partidos cayó en picado.

Puede que los haya que acojan a más espectadores; que gocen de gradas más lujosas; con butacas más cómodas que el sillón de casa; y hasta con techos retráctiles, para combatir las adversidades meteorológicas. Habrá incluso quién prefiera las bondades de la tecnología, el apellido de las marcas y el olor a plástico que desprenden los renovados coliseos. Pero el encanto no se forja sobre un plano arquitectónico, con diseños barrocos. Se fragua con el peso de la historia. Con el deterioro fruto del paso de los años. Y en Craven Cottage, a pesar de vivirse un proceso de renovarse o morir, se mantiene intacto el sello de Archibald, el héroe sin capa del fútbol británico.

En las orillas del estadio se encuentra el Támesis, acostumbrado a empapar en cada partido algún que otro esférico rebelde. Los aficionados se refieren a él como “El Río de los Sueños”. Sería bonito tomarlo como un pequeño homenaje a Archibald, el impulsor de sueños de cemento. Porque si hay algún sueño que todo hincha del Fulham comparte es el de mantener esa cualidad de la cosa que suspende o embelesa, el encanto. Porque las victorias y las derrotas van y vienen, pero el encanto se forja con el golpe de los años. Y en algún lugar, el espectro de Archibald se mostrará orgulloso de que la hinchada siga soñando.