Tras dos tandas de penaltis y una prórroga, Croacia hace historia al meterse por primera vez en su breve historia en la final de una Copa del Mundo. Un camino que denota que los jugadores croatas están hechos para la guerra, y en el que Francia será su último escollo


Las bombas y los disparos aun resuenan en las cabezas de la población croata, tras la brutalidad que trajo consigo la Guerra de Croacia (1991-1995). La imagen de las calles en ruinas de Dubrovnik tras el asedio a la ciudad permanece imborrable, a pesar de que en la actualidad se la conoce como la perla del Adriático. El polvorín que ha supuesto el territorio de los Balcanes a lo largo del siglo pasado ha dejado muchas cicatrices sin cerrar, siendo el tiempo y los sucesivos relevos generacionales los únicos remedios para tratar de recuperarse de semejante barbarie.

La selección croata, al igual que el propio país, nació con una expresión repleta de cicatrices. A pesar de que los comienzos acostumbran a ser esperanzadores, el de los ajedrezados (apodo que reciben por su indumentaria) parecía todo lo contrario. En junio de 1991, Croacia declaraba su independencia. Pero, sin apenas tiempo para empezar a gatear, estalló la Guerra de Croacia, la cual se extendería durante los próximos cuatro años. La victoria, si es que realmente existe la figura del vencedor en el seno de un conflicto bélico, cayó del lado de Croacia que, con la entrada del nuevo siglo, empezaría a lograr un grado de desarrollo digno de reconocimiento.

Como si fuera incapaz de desprenderse de su oscuro pasado, la selección de fútbol de Croacia parece haber labrado su camino hacia la gran final a base de lucha. Los guerreros croatas, curtidos por un suceso tan traumático como una guerra, eran sabedores que tenían las de ganar si el camino empezaba a llenarse de espinas. Tres prórrogas y dos tandas de penaltis es el precio del billete de los croatas para la final de Moscú. La dureza de la guerra, trasladada a los terrenos de juego. Esta vez, en lugar de tanques, porterías. Y en lugar de balas, balones de fútbol.

A pesar de que la selección croata se formó en 1990, pocos meses antes de lograr su independencia, cabe ubicar el germen de dicha selección en plena Segunda Guerra Mundial. Siempre de la mano de las guerras. Debido a la invasión de las potencias del Eje del Reino de Yugoslavia, existió un estado independiente croata que disputó un total de tres partidos entre 1940 y 1942. 

Volviendo a la Croacia moderna, se produjo un episodio digno de mención que, hasta la fecha, era el que teñía de dorado el cuento futbolístico croata. Tuvo lugar en 1998, año de celebración del Mundial de Francia. Croacia, al igual que en la presente edición de Rusia, se erigió como la principal sorpresa al colarse en las semifinales de la competición. Enfrente tenía a la anfitriona, Francia, que, pese a empezar por detrás en el marcador, acabaría llevándose el gato al agua con un doblete del defensa Lilian Thuram. La Croacia de Šuker, en su debut mundialista, se topó de morros con las puertas de la historia. Y contra Francia. Cosas del destino.

De forma previa a dicho glorioso recuerdo, aparece con letra pequeña el brillante inicio de la selección croata como local. La mayoría de sus partidos los disputa en el estadio Maksimir (Zagreb), donde los balcánicos se mantuvieron invictos en sus primeros 36 partidos. Un fortín sin paliativos que acabaría cediendo en 2008 ante, cosas del destino otra vez, Inglaterra.

Con la cuenta pendiente con Inglaterra saldada, los guerreros croatas afrontarán la gran final en Luzhniki con un extra de motivación, tras los amargos acontecimientos de 1998. Acontecimientos que, de buen seguro, no recordará Mbappé, una de las estrellas del combinado galo, dado que su nacimiento tuvo lugar en diciembre del mismo año.

El camino trazado por Croacia para alcanzar un puesto en la final no tiene parangón en la extensa historia de los Mundiales. Tan solo hay constancia de un precedente similar en la Copa del Mundo de 1990, donde Inglaterra (¿¡otra vez!?) derrotó en octavos mediante una prórroga a Bélgica, hizo lo propio con Camerún en cuartos, pero en semifinales hincó la rodilla ante Alemania Federal desde el punto fatídico.

De la mano de Zlatko Dalić, seleccionador croata, un pequeño país de poco más de 4 millones de habitantes sueña con coser, a través de la pelota, las cicatrices de una sociedad maltratada por la guerra. Dalić, nacido en la actual Bosnia y Herzegovina, también tiene la piel curtida en mil y una batallas (desgraciadamente, muchas de ellas alejadas de los terrenos de juego). A pesar de su discreta carrera como futbolista y, hasta hace unos pocos días, como entrenador, su liderazgo desde el banquillo junto con la fuerza espiritual que le otorga el hecho de llevar siempre un rosario en su bolsillo, ha permitido llevar en volandas a una selección con la que pocos contaban.

La fe de Dalić y la capacidad combativa de Croacia. Siempre parece estar tumbada sobre la lona, pero finalmente vuelve a incorporarse con más fuerza. Muchos pronosticaban su caída a medida que avanzaban de ronda, amparándose en los minutos acumulados en sus piernas fruto de las prórrogas. Pero solo unos pocos no han olvidado que el coste físico y mental que supone la superación de prórrogas y tandas de penaltis tan solo es un juego de niños al lado del sufrimiento de todo un país frente al suceso de una guerra. Los croatas escogieron el camino más difícil para llegar a la cima. Pero que no se confíen los franceses, ya que los ajedrezados, si algo han demostrado en su breve trayectoria, es que están hechos para la guerra.

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