La primacía de los beneficios económicos y la explotación de marcas comerciales se erigen como los principales pilares del fútbol moderno. Sin embargo, en medio del mar de la mercantilización, ondeando la bandera pirata, emerge una isla llamada Sankt Pauli. Un club que, a pesar de no haber destacado nunca en lo deportivo, es conocido en todo el mundo por anteponer sus valores a los triunfos y a los beneficios económicos


Desde muchos rincones del planeta, son cada vez más las voces que aquejan al fútbol de haberse convertido en un negocio. La impaciencia por los resultados genera despidos de entrenadores tan fugaces que parecen suceder sin cuestionamiento alguno. Y a nadie le extraña ver como cada vez son más los estadios bautizados con nombres de marcas comerciales: el caso más reciente, el del Wanda Metropolitano.

Nuestros mayores, especialmente, deben contemplar este nuevo escenario con enorme estupefacción, tratando de averiguar en qué momento la globalización y la mercantilización de su deporte han borrado del mapa el sentimiento de pertenencia a un club por los valores que transmite.

De forma paradójica, dicha oleada del fútbol negocio parece explicar el éxito de uno de los últimos reductos del romanticismo de antaño: el Sankt Pauli. En sus 107 años de historia (fundado en 1910) no ha brillado por su trayectoria deportiva, en la que han deambulado sin pena ni gloria por las distintas categorías del fútbol alemán. Basta con mencionar que su mayor logro fue una décima plaza en la Bundesliga, allá por la temporada 1988-1989. Sin embargo, poco importa en una entidad donde sus aficionados son el eje que lo sustenta y donde su preocupación principal es la defensa de unos valores, más allá de cosechar victorias.

Una inmersión en la historia del Sankt Pauli permite arrojar luz sobre el talante reivindicativo del club. Cabe remontarse a la Alemania de principios del siglo XX. Tras la derrota de las fuerzas napoleónicas, el fútbol fue instrumentalizado para relanzar la moral nacionalista teutona. Hamburgo, ciudad donde se ubica el Sankt Pauli, era por aquél entonces capital del socialismo alemán y pionera del balompié. La ciudad del río Elba, dividida entre la opulencia burguesa y la precariedad obrera, vio como en 1910, en el distrito izquierdista de Sankt Pauli, nacía un club con el mismo nombre de la mano de las clases acomodadas.

Con la llegada de la República de Weimar (1918-1933), el fútbol se convirtió en un fenómeno de masas. El Sankt Pauli, por su parte, daba sus primeros pasos con unos resultados muy modestos.

Posteriormente, con el ascenso al poder de Hitler, el Sankt Pauli, como los demás clubes alemanes, se vio obligado a acatar las directrices impuestas por el Tercer Reich. Sin embargo, su carácter combativo quedó patente al desobedecer hasta el año 1940 una ley que impedía admitir a socios judíos. Dada la morfología del barrio, tanto el terror del régimen como la destrucción de la Segunda Guerra Mundial se cebaron especialmente contra este: sufrió una brutal represión contra prostitutas, homosexuales y otros individuos considerados “asociales” que, en total, representaban el 40% de los habitantes del marginal distrito.

Aunque parezca contradictorio, la miseria que trajo consigo la Posguerra coincidió con la época dorada tanto del barrio como del propio club. La aparición de nuevos pubs y burdeles se erigió como el canal a través del cual el progresismo y la tolerancia volvieron a la ciudad. Además, en lo deportivo, el Sankt Pauli ofreció sus mejores prestaciones en las décadas de 1950 y 1960, precisamente cuando el mundo del fútbol se encontraba en proceso de profesionalización (prueba de ello es que la Bundesliga nació en 1963). La otra cara de la moneda, sin embargo, fue el surgimiento de mafias, la difusión del sida y la quiebra económica de la ciudad portuaria, la cual pasó a ser considerada como el lugar con peor reputación de Alemania.

Sin embargo, la etapa histórica que transforma el club aún estaba por llegar. Si bien nació como un equipo vinculado a la élite de Hamburgo, actualmente se erige como un referente de la izquierda alternativa a nivel internacional. Dicha llamativa transición tiene lugar en la década de los ’80, en la cual emerge con fuerza un movimiento autónomo, vinculado al punk y al movimiento okupa, que hace del Sankt Pauli un club de culto. A partir de entonces, la entidad empezó a abrazar la causa antifascista, antinuclear, antipatriarcal, anarquista y antimilitarista. Años más tarde, durante la década de los ’90, tuvo lugar una notable proliferación de grupúsculos neonazis que se infiltraron como hooligans en otros clubes como el Hamburger SV, vecino a la par que rival histórico del Sankt Pauli. En aquellos oscuros tiempos, el Millerntor-Stadion (estadio del Sankt Pauli) se erigió como principal refugio y alternativa para quienes repudiaban semejante ideología.

Así las cosas, desde que un pequeño grupo de okupas empezó a asistir al Millertorn allá por la década de los ’80, el Sankt Pauli se ha transformado en una plataforma que se postula como altavoz de múltiples protestas que traspasan las fronteras de lo futbolístico. Una muestra reciente de ello fue la aparición de múltiples pancartas que predicaban el willkommene Flüchtlinge (“bienvenidos refugiados”). Incluso el mismo nombre del estadio pone de relieve el carácter diferencial del club del Elba. El Millerntor-Stadion se llamó Wilhelm Koch hasta 1998, en honor al presidente de la entidad entre 1931 y 1969. Pero eso fue hasta que se descubrió que había sido miembro del partido nazi.

Otra de las particularidades que dan cuenta de la excepcional filosofía del club es que se trata del único equipo profesional del mundo que en sus estatutos se declaran antifascistas, antirracistas y antihomófobos. Además, los nada desdeñables 30.000 socios con los que cuenta el Sankt Pauli (cifra cercana a la del Valencia, con 33.000 abonados) velan por el cumplimiento de los estatutos a través de un movimiento llamado Social Romantiker.

Sus patrocinadores tampoco escapan de la idiosincrasia de los corsarios, apodo con el que se identifica al Sankt Pauli. Y es que en sus ya citados estatutos, también se prohíbe cualquier patrocinador que guarde relación con la industria armamentística, con el abuso laboral o con la sobreexplotación medioambiental. Además, los ingresos que genera el club se destinan al fútbol base, fútbol femenino, campañas a favor de los refugiados, campañas para construir plantas potabilizadoras en América Latina, etc.

Ciudad y barrio son dos conceptos relacionados, pero no parecidos. Lo mismo que sucede con el Hamburger SV y el Sankt Pauli. Si bien el primero es el conjunto más popular de la ciudad, el segundo es, en esencia, un equipo de barrio. Un equipo de barrio que, sin embargo, quiere ser mundial. Otra de las paradojas que rodean a la entidad, cuya máxima parece rezar lo siguiente: “piensa local, actúa global”. Un modesto equipo de un marginal barrio de Hamburgo, sí, pero cuya idiosincrasia se expande por tantos otros barrios y ciudades de Alemania y del resto del mundo. La prueba del algodón de su vocación global es que se le estiman 20 millones de seguidores y 500 peñas en todo el planeta.

Al tiempo que los corsarios ondean la bandera pirata (la Jolly Roger), símbolo por antonomasia de la rebeldía del club, resuena de fondo el Hells Bells de AC/DC cuando los jugadores saltan al terreno de juego. Y cada vez que el esférico besa las redes, las gargantas de los aficionados del Millerntor entonan el divertido ritmo de Song 2, de la banda británica Blur.

La ciudad portuaria de Hamburgo, aparte de tener un peculiar gusto musical, puede presumir de sus raíces piratas. En concreto, de Klaus Störtebeker, el corsario más temible del Elba. Cuenta la leyenda que, tras ser condenado a muerte a principios del siglo XV, pidió al alcalde de la ciudad que liberara a tantos miembros de su tripulación como pasos pudiera dar después de que le cortaran la cabeza. Así hizo el bueno de Klaus Störtebeker, cuyo cuerpo se levantó tras ser decapitado y anduvo once pasos, los mismos que separan el punto de penalti y la portería.

Tan trascendente es la leyenda como la metáfora que esconde detrás: las pasiones son cuestión del corazón, y cuando éste se pone a latir, no cuenta la cabeza. Aviso a navegantes de lo que significa el Sankt Pauli.

En resumidas cuentas, el Sankt Pauli es la viva encarnación de que otra forma de entender el fútbol es posible. El año que viene seguirá lejos de la máxima categoría del fútbol alemán, pero los huesos de su calavera pirata, símbolo de la pobreza frente a la opulencia de otros poderosos clubes como el Bayern de Múnich, surcarán por los mares de Europa en primera línea de todas las protestas. Tal y como predica el lema del club, “el Sankt Pauli es la única opción”. La única opción en un mundo, el del fútbol, cuyo romanticismo parece ir a la deriva.