Con la libertad y la igualdad como fieles compañeras de viaje, el deporte rey se erige como la salvaguarda de una democracia que se halla en horas bajas. Como representación cotidiana del sistema democrático, el mundo del fútbol se ve obligado a lidiar con el aterrizaje del VAR, tecnología que encarna el oscuro espíritu del “Gran Hermano” que de forma tan brillante narró Orwell


El año pasado, la UEFA emitió un vídeo promocional sobre los valores que rodean al deporte rey. El documento empezaba lanzando una inocente pregunta que rezaba lo siguiente: why do we love football? (¿por qué amamos el fútbol?). A lo largo de la reproducción, diferentes iconos de la pelota como Cristiano Ronaldo o Leo Messi tratan de dar con la respuesta. Pero es la emitida por el flamante campeón del mundo, Paul Pogba, la que logra conquistar mi alma futbolera: là-bas, sur le terrain, nous sommes tous égaux. C’est ce que j’aime (ahí afuera, en el terreno de juego, todos somos iguales. Esto es lo que me gusta).

Si el fútbol fuera un estado, albergaría sin lugar a duda una democracia. El terreno de juego es el escenario donde la igualdad y la libertad fluyen hasta encontrar el equilibrio perfecto. Una vez entras en contacto con el tapete, la pelota iguala a todos sus contendientes. Ricos y pobres se confunden; las distintas etnias y credos religiosos se funden en un solo abrazo tras la celebración de un gol; y nadie pregunta por la ideología política antes de asistir a un/a compañero/a para marcar.

Los requisitos para ser ciudadano del planeta balompédico son muy poco exigentes. Tanto, que nadie tiene vetada la entrada.  La pelota da salida a la aleatoriedad impulsada por la naturaleza y la genética. Bajos, altos, flacos o corpulentos. Todos tienen cabida. Todos ocupan su sitio. Incluso el vasto elenco de caracteres tiene acogida: el espíritu solitario encarnado en el portero, el instinto protector engendrado por el defensa, la creatividad del artista inspirado en el centrocampista y el ancestral instinto depredador rescatado por el delantero.

Y libertad. Los únicos límites los marca la línea de cal y el reglamento, elevado a documento constitucional. La libertad garantiza el individualismo, elevándolo a su máxima expresión con la ayuda del dribling (regate), como medio de expresión de la singularidad de cada mimbre del engranaje. Donde la imaginación sea el único límite para moldear diabluras varias con el balón. Una bicicleta aparatosa, una elástica fugaz o un autopase rebosante de potencia. Tantos regates como individuos. Tantos individuos como regates.

Sin embargo, sobre este orden idílico de las cosas, donde los nobles valores de la libertad e igualdad se alían para erigirse como pilares de una encantadora democracia, planea un espectro amenazador. En marzo de 2016, la International Football Association Board (IFAB), organismo encargado de definir las reglas del balompié a nivel mundial, aprobó y autorizó el uso del árbitro asistente de vídeo. El VAR, para los amigos. Sobre los hombros de los máximos mandatarios del mundo de la pelota pesaba el hecho de que el fútbol no se hubiera puesto al día, tecnológicamente hablando, como sí habían hecho otros deportes como el tenis. FIFA e IFAB acordaron un período de prueba de dos años. Un aviso para los navegantes de la democracia del fútbol.

La primera prueba de nivel a la que fue sometida el VAR fue el Mundial de Clubes 2016, donde el Real Madrid se enfrentaría al Club América en la final. Desde entonces hasta nuestros días, la opinión pública balompédica se ha escindido en dos mitades meridianas: por un lado, los detractores, que responsabilizan al VAR de romper el ritmo del juego; por otro lado, los partidarios, abanderados de la justicia que imparte la tecnología.

Los tentáculos del VAR no tardaron en extenderse por los rectángulos de juego de todo el globo. Su advenimiento era inevitable. 2017 vería como la tecnología haría acto de presencia en la Copa Confederaciones, así como en la Major League Soccer (EE. UU.) y la A-League (Australia). Pero 2018 sería el año del colofón, con su extensión a la práctica mayoría de las principales ligas europeas, así como en la Copa del Mundo celebrada en Rusia. Mención aparte para Inglaterra, la Atenas del fútbol, donde la implementación del vídeo arbitraje está vetada por poner en peligro lo que consideran la esencia de este deporte.

Tal vez la democracia del fútbol ande sobrada de ingredientes como la libertad o la igualdad, pero en su receta, quizá, se eche en falta el dulce sabor de la justicia. Y los mandamases del deporte rey lo han sabido aprovechar y se han amparado en ella, la justicia, para introducir un instrumento del que resuenan ecos del pasado. Porque la idea de la vigilancia permanente, aunque revestida de tintes modernos con la implementación de cámaras por todos los rincones del terreno de juego, es un concepto añejo.

En su Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Michel Foucault (1926-1984) citaba una obra arquitectónica cuya aplicación parece extenderse actualmente más allá de los regímenes penitenciarios: el panóptico. Ideada siglos atrás por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham (1748-1832), tenía como fin permitir a su guardián, ocultado en una torre central, observar a todos los prisioneros, recluidos en celdas individuales rodeando la torre, sin que estos supieran si son observados. Foucault empleó el concepto de “vigilancia jerárquica” para resumir el mecanismo que esconde el funcionamiento del panóptico: la vigilancia como mirada que vea sin ser vista. Una mirada de la que parece servirse el VAR. Una mirada que apunta hacia la democracia del fútbol.

 

El panóptico de Michel Foucault

 

Nada le es ajeno. Nada se le escapa. El rectángulo de juego está más vigilado que nunca. Desde todos los ángulos y desde todos los rincones. Un ojo avizor. A la expectativa. Todas las acciones de los veintidós protagonistas se hallan fiscalizadas y deben rendir cuentas ante las cámaras. La palabra del árbitro contra la del jugador ya no existe. La transparencia es absoluta. Para los amantes de las distopias, tal vez les resulte familiar esta coyuntura. Una coyuntura que nadie ha relatado mejor que el escritor Eric Arthur Blair (1903-1950), cuyo pseudónimo tal vez oriente mejor al lector: George Orwell.

1984. La pelota, en pleno 2018, parece avanzar de forma paradójica hacia esa fecha. Publicada en 1949, Orwell evoca su relato en el futuro año 1984 y siguientes en las Islas británicas, integradas a su vez en Oceanía, un inmenso estado colectivista. Que, por muy vasto en extensión, basta con la presencia del Big Brother (“Gran Hermano”) para ser gobernado. Su figura representa la encarnación de los ideales del Partido. El Partido: ubicuo, único, todopoderoso. Vigila sin pestañear todos los movimientos de la población. Nadie lo conoce, pero se revela de forma constante a través de las telepantallas dispersadas por todo el estado. De las que ni las casas escapan. Y de las que también es prisionero Winston Smith, el protagonista de la novela.

El Big Brother se caracteriza por infundir una política del miedo y de absoluta reverencia hacia sí mismo, adoctrinando a la población por medio de una propaganda gubernamental colmada de valores colectivistas donde pensar de forma independiente es sinónimo de traición a la sociedad. Tal vez sean delirios del que escribe estas líneas, pero de algo me suena la faz de la foto principal. Igual el bueno de Orwell se inspiró en su figura y todo.

Todavía es pronto para decirlo, pero el fútbol parece estar a las puertas de una transición. Sombras y tinieblas acechan, con sumo sigilo, los coliseos democráticos. La sociedad orwelliana aguarda, cual depredador, la mejor ocasión para salir de su escondite. Su sombra parece confundirse con su rostro real. Más aún con la llegada del VAR, el Big Brother evocado por la pluma de Orwell. Con un aspecto renovado. Con modernas telepantallas en forma de relucientes cámaras. Que todo lo captan. De divina omnipresencia.

Corre. Regatea. Asiste. Golpea. Detente. Vuelve a la defensa. Comete una falta táctica. Protéstale (con mucho respeto) al árbitro. Colócate en la barrera. Lamenta el gol de tiro libre. Vuelve a levantar el ánimo. Saca de centro. No mires el tiempo que resta. Ni el marcador. Solo mira hacia adelante. Grita. Dirige. Ordena. Pídela. Suéltala. Vuélvela a pedir. Deja patear el saque de esquina. Colócate en el segundo palo. Remátalo. Celebra el gol con rabia. Abrázate con tus compañeros. Cuidado con los gestos que haces a la grada. Esa mano colocada ahí no me gusta. Colócate bien la camiseta. Átate las botas. Respira. Suena el pitido final. Celebra el triunfo como se merece, pero sin excesos. Y, sobre todo, recuerda: “EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston”. Ni Orwell lo hubiera escrito mejor.