El Barça femenino se citaba con la épica en el Miniestadi. Se disputaba la vuelta de los dieciseisavos de final de la tan ansiada Champions ante el modesto BIIK Kazygurt del Kazajistán. Y yo, entre la multitud allí congregada, pude comprobar a qué sabe la remontada europea


Me considero una de las personas más afortunadas del planeta. Del planeta fútbol, como mínimo. Tan solo unos pocos metros de distancia separan el bloque de pisos en el que habito del Camp Nou. El mayor depósito de sueños, miedos y esperanzas de la ciudad. Tal vez no cumpla con los cánones de belleza a los que nos tiene acostumbrada esta espiral del fútbol moderno, promotora de estadios de fútbol que parecen naves espaciales. Pero no importa. Sigo contemplándolo con los mismos ojos con los que el artista contempla a su musa. Ojos que se tornan vidriosos al ver como se engalana para una noche especial. Ojos repletos de orgullo al ver que, por ahora, aún resiste a los corrientes modernos. Que todo lo engullen. Que tanto desencantan.

Aquel miércoles 25 de septiembre era una de esas fechas especiales. El Barça femenino debía remontar un sorprendente 3 a 1 cosechado en tierras kazajas, ante el impronunciable BIIK Kazygurt. Pero no sería el Camp Nou el escenario donde interpretar la ansiada gesta, sino el Miniestadi, su hermano pequeño. Una “sutil” manera de marcar distancias. Entre ellos, acostumbrados a las bondades del Camp Nou, y ellas, que disputan la mayor parte de sus encuentros en la Ciutat Esportiva de Sant Joan Despí. Sí, allí donde Messi y compañía realizan sus entrenamientos.

Solo el aura estrellada de la Champions podía dar licencia a las chicas para alojarse en el Mini, sede habitual del filial masculino. Al erigirse al lado del Camp Nou, seguían siendo escasos los metros que me alejaban de la cita europea. Unos metros repletos de esperanza.

¿Remontaremos Sergi? – comenté en tono confiable de camino al estadio.

No necesitó mediar palabras: el simple asentir con la cabeza, adornado con una sonrisa reluciente fue suficiente. Era un chico desorbitadamente optimista. Una inmejorable compañía en un día donde la tensión y los nervios, sin pasar por taquilla, acostumbran a hacerte compañía durante el transcurso del partido.

En los aledaños del coliseo blaugrana no se respiraba remontada. No advertí las largas colas que preceden a una cita europea. Ni siquiera oí entonar algún que otro tímido canto de apoyo al equipo. Pronto me daría cuenta de que nuestra impuntualidad sería la principal sospechosa de que el contexto habitual se viera perturbado. Tan solo quedaban dos minutos para el choque. Íbamos tarde.

Tan pronto como nuestros traseros besaron los descoloridos asientos del Mini, el balón echó a rodar por el verde que, siendo consciente de la exquisitez de la competición en disputa, presentaba un aspecto de lo más coqueto. Y la grada, como no queriéndose quedar atrás, también quiso sacar a relucir todos sus encantos. Al menos así era en la tribuna, a rebosar de aficionados anónimos, así como de célebres personalidades. Ahí sí. Mis pulmones empezaban a respirar remontada.

Y más que se respiró cuando Patri Guijarro, reconocida el pasado verano como la mejor jugadora del Mundial Sub-20 de Francia, depositó el esférico, con precisión cirujana, en el fondo de las mallas tras una bellísima asociación con la inglesa Toni Duggan. Minuto 4. Empiezo a fregarme las manos, relamiéndome por todos los goles que aún nos quedan por celebrar. La resistencia del BIIK Kazygurt parecía más remota que la localización geográfica del país que representaba.

Sin embargo, el gol, más que la chispa premonitoria de una explosión, pareció calmar las aguas. Cierto es que no se tuvieron noticias de las kazajas en la primera parte, con una Sandra Paños cual convidada de piedra. Pero al Barça le costó materializar las jugadas que, con tanto esmero, trataba de tejer. Con Vicky Losada, con el brazalete de capitana que luce como nadie, en el centro de todas las operaciones. 

Con el 1 a 0 imperando en el luminoso, el tiempo de descanso y las conversaciones por parte de algunos aficionados que en él se produjeron no invitaban al optimismo. La visceralidad pareció apoderarse de la muchedumbre allí reunida. Todo parecían desgracias. A juzgar por sus palabras, las kazajas eran unas artistas del balón, mientras que las futbolistas del Barcelona parecían debutantes en la competición. Sin embargo, esas mismas palabras denotaban, al mismo tiempo, un amplio conocimiento de la sección femenina de fútbol. Especialmente cuando se encargaron de diseccionar futbolísticamente a cada una de las jugadoras de la plantilla, lo cual me reconfortó e hizo que me olvidara de las muchas barbaridades repelidas.

Así las cosas, las protagonistas volvían a exponerse a la luz de los focos. Una incómoda brisa parecía colarse en la mágica estampa europea. Sin embargo, Marta Torrejón se encargaría de devolver el calor a la grada con un cabezazo tras un mal rechace de Zheleznyak, la guardameta del conjunto kazajo. Volvía a madrugar el Barça en su cita con el gol, cuando apenas habían transcurrido 3 minutos del segundo acto. Y los citados aficionados, como rociados por unos polvos amnésicos, empezaron a elevar a las jugadoras a cotas sagradas.

No obstante, las chicas no tenían la intención de encomendarse al célebre refrán “a quien madruga, Dios le ayuda”. Y el vendaval constante de juego ofensivo que sucedió al 2 a 0 dio fe de ello. Las kazajas, obligadas por el marcador, debían mostrar qué sabían hacer con el balón, así como tratar de que la mirada de Sandra Paños cambiara las musarañas por sus disparos a puerta. Un escenario soñado para ella.

Para Lieke Martens, me refiero. Quién escribe estas líneas solo puede sonrojarse por mencionarla con tanto retraso. Contemplar la grandeza de su juego rozaba lo indescriptible. Kravets, su marca durante todo el partido, tuvo su peor pesadilla cabalgando delante de sus narices. Desborde. Velocidad. Destreza. Imprevisibilidad. La vi trazar diagonales al borde del área con la brillantez con la que lo hace Messi en el Camp Nou. Y con el tanto que anotó tras una jugada individual de bellísima factura, que ponía el definitivo 3 a 0, acabó por mimetizar mi piel con la de una gallina. Algo que la brisa no consiguió en 90 minutos, lo consiguió ella en una sola jugada.

Jamás lograré comprender lo que sucedió en Kazajistán. Aunque, bien mirado, sin ello, el Mini tampoco hubiera vibrado como lo hizo el pasado 25 de septiembre. Mis manos no habrían adquirido, ni por asomo, unos tonos tan rojizos de tanto aplaudir. Mi garganta no presentaría tantas averías en el día de mañana. Y tal vez no hubiera sido necesaria la exhibición de Lieke Martens, genio y figura. Como os decía, me considero la persona más afortunada del planeta. También del planeta fútbol.

Compartir: