Henrikh Mkhitaryan, centrocampista armenio del Arsenal, no pudo viajar el pasado jueves a Bakú, capital de Azerbaiyán, para enfrentarse al Qarabag. Apenas acababa de arrancar la Europa League, situada en su segunda jornada. Sin embargo, no puede decirse lo mismo del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por la región de Nagorno Karabaj, enquistado desde tiempos presoviéticos, y motivo por el cual no viajó el futbolista. Esta es el enésimo episodio en el que política y fútbol los separa una línea muy difusa


Existen regiones en el mundo donde el tiempo parece detenerse. Conflictos fijados en partes del planeta que siempre son las mismas. Donde cada vez que oyes hablar de ellas por televisión, sabes que las palabras van acompañadas de cifras de heridos, cuando no de muertos.

Henrikh tan solo tenía 3 años cuando la región de Nagorno Karabaj declaró su independencia. Era 1991 y en la vertiente sur de las montañas del Gran Cáucaso se avecinaba el enésimo conflicto bélico. Afortunadamente, la familia Mkhitaryan partió de Armenia rumbo a Francia, donde Hamlet, el padre de Henrikh, había fichado por el ASOA Valence. Lejos le quedó a la familia el olor a metralla y la sangre que se derramó en la región de Nagorno Karabaj, donde la cohabitación de intereses armenios y azeríes acabó por estallar en una guerra que, como todas las anteriores ahí acaecidas, no pondría fin al conflicto. El pasado jueves, el nuevo Arsenal de Emery ponía rumbo a Bakú, capital de Azerbaiyán, para enfrentarse al Qarabag en la segunda jornada de la fase de grupos de la Europa League. Henrikh, ya con 29 años a sus espaldas, decidió no viajar a la capital azerí por motivos de seguridad, debido a las fuertes tensiones entre su Armenia natal y Azerbaiyán. Los años parecen haber pasado para Henrikh Mkhitaryan, pero no para ambos países.

La historia del Cáucaso es un relato de divisiones, reivindicaciones históricas y conflictos. Situada entre el mar Negro y el mar Caspio, ha sido cuna de variopintos pueblos y civilizaciones que ahí se han instalado a lo largo de la historia. Actualmente, su variada composición étnica, religiosa y lingüística da fe de ello. Para hacerse una idea, basta anunciar que la población del Cáucaso puede dividirse en tres grupos lingüísticos principales: el grupo caucásico (georgianos, chechenos, abjasios…), el grupo indoeuropeo (armenios, rusos…) e iranio (kurdos, osetios…) y el grupo de lenguas próximas al turco (azeríes, cumucos, balkarios…). Si a ese maremágnum añadimos que las fronteras identitarias no coinciden con las nacionales, es fácil comprender que la zona del Cáucaso sea considerada poco menos que un polvorín. Un polvorín del que Nagorno-Karabaj tan solo es una más de sus mechas.

Sin embargo, todo empezó mucho antes de que el talento de Henrikh Mkhitaryan  diera a luz. Como sucede en un encuentro entre personas desconocidas, lo primero es presentarse a los demás con tu nombre y, si el ingenio te lo permite, ofrecer algún que otro rasgo distintivo divertido. Del mismo modo desea proceder esta historia, de la que la región de Nagorno-Karabaj es su absoluta protagonista. Ubicada en el corazón de Azerbaiyán, está habitada mayoritariamente por armenios de religión cristiana, pero, formalmente, pertenece al estado azerí. En los ’90, la región se levantó en armas apoyada por el gobierno armenio para declarar su independencia. Sin embargo, no obtuvo reconocimiento internacional, de modo que su estatus actual es el de una región autónoma, que administra sus propios asuntos, pero encuadrada dentro de Azerbaiyán. Espero que, vista la gravedad del asunto, el lector comprenda que no acompañe la presentación del citado rasgo.

 

Ubicación geográfica de Nagorno Karabaj

 

 

A modo de situar al lector, es menester saber que la zona del Cáucaso puede subdividirse en dos regiones: por un lado, la zona Transcaucásica (Cáucaso Sur) y, por el otro, la zona Ciscaucasia (Cáucaso Norte). Asumida la distinción, os invito a trasladar vuestra mente a la parte meridional, donde conviven con muchos apuros tres estados independientes: Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Sin voluntad de excederme en mis demandas, finalmente os pediría rebobinar la cinta hasta la Gran Guerra (1914-1918). Es en esta siniestra coordenada espacio-tiempo donde pretendo erigir el punto de partida de esta historia.

El Imperio Ruso y el Imperio Otomano, pertenecientes a distintos bandos en el seno del conflicto (Aliados y Potencias Centrales, respectivamente), resolvieron sus diferencias en la región del Cáucaso, escenario habitual de tan violentas representaciones. Sin embargo, ninguno de los dos sabía entonces que la disputa no terminaría como ellos esperaban. Por un lado, los rusos se vieron obligados a retirarse de la Primera Guerra Mundial mediante el Tratado de Brest-Litovsk (1918), firmado con los alemanes. Una firma que ya no llevaría el sello del Imperio Ruso que, tras los períodos revolucionarios de Febrero y Octubre, daría paso a un gobierno de mayoría bolchevique. Por otro lado, los otomanos no correrían mejor suerte. Su bando había perdido la guerra y el Imperio Otomano sufrió las pertinentes consecuencias: su partición, acordada por los Aliados, en mil pedazos. Y aprovechando la debilidad de ambas potencias, Armenia, Azerbaiyán y Georgia, las tres regiones transcaucásicas, erigieron sus propios estados-nación.

Después de la guerra, solo pudo venir más guerra. La región, como sumida en una espiral de difícil escapatoria, se enfrentó de nuevo por la disputa de algunos territorios de atribución dudosa. De ese modo, se fueron sucediendo los conflictos como si se tratara del anuncio por fascículos de una novela. De la guerra armenio-georgiana (1918) a la Guerra de Independencia Turca (1919-1923), pasando por la guerra armenio-azerí (1918-1920).

Sin lugar para la calma, Rusia no tardaría en volver a asomar la cabeza por la zona. Paralelamente a una larga y sangrienta guerra civil rusa (1917-1923) entre los Rojos (bolcheviques) y los Blancos (generalmente fuerzas prozaristas), con victoria final para los primeros, se configuró la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922. Y entre sus miembros fundadores figuraba la República Socialista Soviética de Transcaucasia, compuesta por Georgia, Armenia y Azerbaiyán, que previamente habían sufrido la intervención del Ejército Rojo. Pero la de Transcaucasia no tendría una larga vida, y en 1936 sería disuelta para convertirse en tres repúblicas socialistas soviéticas separadas.

Sin embargo, la reorganización soviética no pudo ser más perversa. Ahondando en sus divisiones étnicas, Azerbaiyán fue separada de Nakhchivan, antigua provincia persa de población azerí, mientras Armenia fue separada de Nagorno Karabaj, nuestra protagonista, que formaría parte de Azerbaiyán. Pero la región en disputa no tendría un estatus cualquiera, ya que fue declarada región autónoma dentro de territorio azerí. Y no por casualidad: los gobernantes de la URSS buscaban minar el poder territorial de sus entidades federales.

El gobierno con puño de hierro de la Unión Soviética sobre la región Transcaucásica pareció extinguir las hostilidades reinantes entre armenios y azeríes tras su citado conflicto entre 1918-1920. Pero pensar eso era no conocer el Cáucaso. El paso de las décadas reveló la voluntad de los habitantes de Nagorno Karabaj, armenios en su mayoría, de reincorporarse a la República Socialista Soviética de Armenia. Y en 1988, aprovechando la corriente favorable de la perestrioka y la mayor apertura política impulsada por el gobierno Gorbachov, el gobierno armenio solicitó la reunificación de ambos territorios.

Era de suponer que la petición, aun siendo formulada con buenas palabras y repleta de buenas intenciones, no llegaría a buen puerto. La tensión se apoderó de las calles de la región en disputa, con armenios y azeríes enzarzados en disturbios. El enfrentamiento subió de tono cuando se conoció la organización de diversos ataques contra población tanto armenia como azerí en Kirovabad, Bakú, Sumgait y Askeran. La guerra parecía el inevitable desenlace de un conflicto que cada vez acumulaba más reservas de nitroglicerina. Fueron 6 largos años (1988-1994), en medio de los cuales se produjo la declaración de independencia por parte de los separatistas de Nagorno Karabaj, en 1991. Armenia, si es que alguien lo hace de un suceso de tal calado, salió vencedor de la guerra. 1994 parecía la mejor noticia para la zona, con el acuerdo de un alto al fuego que, sin embargo, se acabaría revelando frágil e inestable.

En medio de este desdichado contexto nació Henrikh Mkhitaryan . Concretamente lo hizo en 1989, en Ereván, la capital de la por poco tiempo Armenia soviética. Mientras su alrededor limaba asperezas a base de bombas y disparos, él fijó su atención en la pelota. Tuvo la suerte de tener a Hamlet Mkhitaryan como padre, prodigioso delantero del FC Aarat Ereván en los ’80. Su referente e inspiración. Tras un breve periplo por Francia, donde su padre se enroló en las filas del ASOA Valence, los Mkhitaryan regresaron a Ereván en 1995. A pesar de que las hostilidades entre armenios y azeríes todavía eran palpables, la guerra había terminado. Tan pronto como pisó suelo armenio, Henrikh optó por unirse a las categorías inferiores del FC Pyunik. Su debut con el primer equipo no se haría esperar demasiado y en 2006, con 17 años, parecía nacer una estrella en el fútbol armenio. Tan falto de alegrías. Tan necesitado de esperanzas. Un reflejo del mismo país.

En sus cuatro temporadas en el FC Pyunik logró alzar tantas ligas armenias. Un hecho insólito que, sin embargo, no pudieron ver los ojos de su padre. Un tumor cerebral, tan inoportuno como de costumbre, se lo llevó por delante cuando Henrikh tan solo tenía 7 años. El dolor por la muerte de su referente e ídolo futbolístico, además de padre, no pudo ser canalizado de mejor manera. Ser el máximo goleador de la historia de Armenia, además de ser nombrado hasta en siete ocasiones como Mejor Jugador Armenio del Año es el mejor homenaje que podría rendir a su padre.

Al igual que la región de la que procede, Henrikh es otro caso de poliglotismo en el mundo de la pelota. A su lógico dominio del armenio cabe añadir el francés, portugués, ruso, ucraniano, inglés y alemán. En todas las lenguas condenaría la guerra que enfrentó a su país con Azerbaiyán por una región, Nagorno Karabaj, en la que el tiempo parece detenerse. En la actualidad, es mayormente gobernada por la llamada República de Artsaj, país independiente de facto, pero sin reconocimiento internacional. En su capital, Stepanakert, acudió Henrikh en 2011 para donar regalos a las familias de los soldados caídos, lo cual le mereció el recibimiento de una medalla por parte del Primer Ministro del país. Un futbolista que, de la mano de su padre, se aferró a la pelota para arrojar, con su talento, un poco de luz a una región, la del Cáucaso, donde acostumbran a planear sombras y oscuridades. Y que, pese a su innegable éxito deportivo, nunca haya dado la espalda a sus orígenes, como demuestra su visita a la capital de la República de Artsaj, dice mucho de su figura. El jueves pasado no pudo saltar al tapete del Azersu Arena, estadio del Qarabag, para disputar la segunda jornada de la fase de grupos de la Europa League. Su equipo venció por 0 a 3, con una facilidad pasmosa. Sin embargo, la pelota, esa herramienta de la que tanto se exalta su poder cohesionador, aún no ha podido vencer las hostilidades entre armenios y azeríes.

Una incógnita para terminar. Como ideado por el guionista más perverso, la final de la Europa League se disputa el 29 de mayo, en Bakú. Sí, la capital de Azerbaiyán. El Arsenal, a pesar de estar envuelto de un aura perdedora, es uno de los máximos favoritos para alcanzar la final de Bakú. ¿Política o fútbol? El dilema de Henrikh Mkhitaryan. El eterno dilema del fútbol.

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