El fútbol es el más sincero reflejo de la sociedad. Al colocarse uno frente a su espejo, ve reflejado una de las taras que, desde tiempos inmemoriales, lacra nuestra sociedad: el machismo.

La mejor respuesta a ello ha sido el imparable crecimiento del fútbol femenino, tanto en España como en el resto del mundo, el cual trata de hacerse un hueco en un mundo, el del fútbol, tradicionalmente reservado a la testosterona varonil.


Desde que el mundo es mundo, la práctica deportiva se ha erigido como la viva encarnación de los tradicionales valores masculinos de fuerza, virilidad y poder. Corría el año 776 a. C.  cuando se empezaron a celebrar los Juegos Olímpicos antiguos, en la sacrosanta Olimpia. Ya en aquellos tiempos, las mujeres tenían prohibida su participación y, aunque ello se justificara por motivos religiosos (Olimpia era la polis dedicada a Zeus, lugar sagrado para los varones), ya daba cuenta de las barreras que las mujeres tendrían que superar a lo largo de la historia para recibir un trato igual al de los hombres.

El fútbol empezó a dar sus primeros pasos en la antigua China, durante el período en el que la Dinastía Han ostentaba el poder (206 a. C.220 d. C.). Para ser precisos, se trataba de una variante del balompié, llamado Tsu Chu, en la que estaba permitido tocar el esférico con cualquier parte del cuerpo a excepción de las manos. La meta, poco sorprendente: depositar la pelota en una pequeña red abierta. La novedad, sin embargo, radicaba en el hecho que no se les vetaba la entrada a las mujeres, de modo que no era extraño verlas practicar dicho juego de pelota que, con el paso del tiempo, se erigiría como el auténtico preludio del fútbol.

Con el transcurso de los siglos, la pelota también empezaría a rodar por el continente europeo. Durante el siglo XII, los reinos de Francia y Escocia se alzarían como los principales importadores de los juegos de pelota orientales. Sin embargo, al poco de instalarse en el Viejo Continente, se vio inmerso en una espiral de persecuciones y prohibiciones por su “naturaleza violenta” que no cesarían hasta el siglo XIX.

Como no podía ser de otra manera, fue en Gran Bretaña, cuna del fútbol que conocemos actualmente, donde este deporte empezó a vislumbrar un atisbo de esperanza. En 1863, de la mano del nacimiento de la FA (Football Association), el máximo organismo balompédico en Inglaterra, el fútbol se civilizaba dotándose de un conjunto de reglas que acotaran el juego. No obstante, la fecha realmente festejada por el fútbol femenino fue el 23 de marzo de 1895, cuando la localidad de Crouch End (Londres) acogió el primer partido de la historia del fútbol femenino reconocido oficialmente por la FIFA (si bien hay constancia ya en la década de los ’80 de partidos femeninos).

Tras la relevancia de dicho acontecimiento, se escondía un personaje que, como poco, merece figurar de por vida en los altares del fútbol femenino: Nettie Honeyball. Como si su apellido la hubiera predestinado a impulsar una revolución en el mundo de la pelota, en 1894 puso un anuncio en la prensa cuyo contenido se erigiría después como embrión del fútbol femenino: buscaba chicas que se unieran a ella para crear un equipo de fútbol. Afortunadamente, hasta 30 mujeres se unieron a la llamada de la joven activista cuyo proyecto pronto tendría nombre y apellidos: el British Ladies Football Club. Un año después, el Daily Sketch, con el fin de dar cuenta de tal hito histórico, entrevistó a Honeyball. En ella, la precursora del fútbol femenino dejó patente, con luz y taquígrafos, lo revolucionario de su pensamiento:

“Fundé el club a finales del año pasado, con el objetivo de probarle al mundo que las mujeres no son esas criaturas ‘ornamentales e inútiles’ que los hombres pintan. Debo confesar que mis convicciones en todos los asuntos en los que los sexos están tan profundamente divididos están todos de parte de la emancipación, y deseo la llegada de un tiempo en el que las mujeres se puedan sentar en el Parlamento y tengan voz en la gestión de todos los asuntos, especialmente en aquellos que las conciernen más”.

Tras la disputa del histórico partido entre la parte norte y sur de la localidad de Crouch End, en el cual asistieron la friolera de 10.000 espectadores, la prensa del país no tardó en hacerse eco de tal acontecimiento. Precisamente, el Daily Sketch (periódico que previamente entrevistó a Honeyball) publicó una crónica a través del reportero que estuvo cubriendo el partido. Pasen, vean y huelan el tufo machista desprendían sus palabras:

“Los primeros minutos fueron suficientes para demostrar que el fútbol femenino, si seguimos el criterio marcado por las British Ladies, está fuera de toda discusión. Un futbolista requiere velocidad, juicio, habilidad y agallas. Ninguna de estas cuatro cualidades se vio este sábado. La mayor parte del tiempo, las señoras vagaron sin rumbo por el terreno de juego en un trote sin gracia”.

Nettie Honeyball fútbol femenino

Nettie Honeyball

Todo ser humano sigue un proceso biológico sobradamente conocido en el que nace, crece, madura y muere. Pues bien, el fútbol femenino, aunque lejos de asemejarse a un individuo, había completado la primera etapa. Sin embargo, al igual que un crío que apenas levanta unos cuantos palmos del suelo, el fútbol femenino solo deseaba crecer y crecer, y la sucesión de la Gran Guerra (1914-1918) fue clave para que este deseo mutara en realidad. En efecto, la masificación del fútbol femenino fue posible dadas las particularidades que envolvieron dicho turbulento episodio histórico. La mayor parte de los varones se vieron obligados a empuñar el fusil, de modo que su traslado de las fábricas al campo de batalla era inminente. En consecuencia, la mujer pasó a ocupar los puestos de trabajo vacantes en la industria y, por ende, en los torneos de fútbol, muy populares entre los varones de clase obrera de la época. Entre todos los equipos participantes, el Dick, Kerr’s Ladies de Preston (Inglaterra) destacaba por encima de todos los demás, llegando a cosechar resultados tan apabullantes como un 22-0 contra un combinado escocés. En vista de las muchedumbres que conseguía congregar en los estadios semana tras semana, se decidió que tal espectáculo reportara beneficios a la patria. De ese modo, el dinero acumulado tras la venta de entradas era enviado para las necesidades del ejército.

Además, en 1920, las Dick, Kerr Ladies disputaron un encuentro contra un equipo francés, ante la atenta mirada de 25.000 espectadores, que ostenta el honor de ser el primer partido de fútbol femenino internacional de la historia. Por si todo esto fuera poco, el torbellino de Preston también sacudió el mundo de la indumentaria deportiva. Ellas fueron de las primeras en empezar a jugar a imagen y semejanza de los hombres: en pantalones cortos y camisetas de manga larga. Hasta el momento, lo habitual era ver a las mujeres plantadas en el campo en zaragüelles (calzones muy anchos, largos y mal hechos) y en blusas deportivas sin ninguna parte del cuerpo abierta.

Lo único que pareció florecer durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial fue el fútbol femenino. Al tiempo que el conflicto bélico ponía fin a millones de vidas humanas y provocaba el derrumbamiento de ciudades enteras, el fútbol femenino conseguía reunir a cada vez más espectadores allá por donde echaba a rodar la pelota.

Al finalizar el conflicto, su proyección ascendente lograba mantenerse, aunque no por mucho tiempo. Durante el período de entreguerras, el fútbol femenino descendió de golpe a las más profundas tinieblas. En 1921, la FA prohibió a las mujeres jugar en sus campos durante 50 años (hasta 1971) mediante un breve comunicado que rezaba lo siguiente:

El juego de fútbol no se adapta bien a las mujeres y no vale alentarlo.

La guerra había cesado, pero eran tiempos oscuros para el fútbol femenino. Su desarrollo a nivel profesional se vio frenado en seco tanto en Gran Bretaña como en el resto del mundo. En muchos países era un deporte marginal, mientras que, en otros tantos, su práctica directamente estaba prohibida.

El fútbol femenino tardó unas cuantas décadas en despertar del letargo. No sería hasta después de la Segunda Guerra Mundial que experimentaría su resurgir. El desencadenante, sin duda, fue la creación de la English Ladies Football Association (1957). A pesar de que sus inicios fueron difíciles por el boicot de la FA (las llevó a jugar en canchas de rugby y otras instalaciones no afiliadas a la FA) y por ser ignorada por la FIFA y la UEFA, la organización pronto daría sus frutos. La celebración de la Copa del Mundo masculina en Inglaterra (1966) trajo consigo la progresiva masificación del fútbol en general, la cual cosa acabaría impulsando, indirectamente, al fútbol femenino. El interés por la pelota creció tanto entre las aficionadas que la FA decidió, en 1969, crear la rama femenina en el seno de su organización.

Poco a poco, el fútbol femenino iba cargando la mochila de buenas noticias, pero su etapa más dulce aún estaba por llegar. Las décadas de los ’70 y los ’80 ofrecieron los primeros frutos por los que tantas y tantas mujeres habían luchado años atrás. En 1971, la UEFA encargaría a sus asociados la novedosa tarea de gestionar y fomentar el fútbol femenino, hecho que desencadenó el auge de este deporte. En ese mismo año, además, expiraba la prohibición hecha 50 años atrás por la FA. Todo ello abonaba el terreno para que surgieran, durante los ’70, ligas de fútbol femenino profesional en un par de docenas de países, entre ellos potencias como Francia, Alemania, Italia o Inglaterra. Paralelamente, la English Ladies Football Association organizaba por primera vez dos campeonatos mundiales informales en Italia (1970) y México (1971).

El fútbol femenino crecía a un ritmo frenético y el bullicioso suceder de los acontecimientos alimentaba sus aspiraciones. La década de los ’70 aún tendría tiempo de contemplar como en 1972 los EEUU adoptaron una enmienda en su Constitución mediante la cual se proporcionaba un acceso equitativo a la educación (incluyendo la deportiva) para hombres y mujeres. Ello contribuyó a hacer del fútbol femenino uno de los deportes más populares entre las chicas de las escuelas estadounidenses. Pero eso no es todo: al sur del continente americano, concretamente en Brasil, el fútbol femenino dejó de estar prohibido en 1975.

La época dorada del fútbol femenino aún debía completarse con la década de los ’80. Después de incansables esfuerzos por parte de muchas mujeres, algunas conocidas como Honeyball pero la mayoría de identidad anónima, llegaría su reconocimiento oficial. En el año 1984, la UEFA celebró el primer Europeo Femenino, siendo Suecia la primera selección en llevarse el gato al agua. Más tarde, en 1988, se llevó a cabo en China el primer torneo de equipos de diferentes continentes. Y en 1991, como si se quisiera hacer un homenaje al país precursor del fútbol, tuvo lugar, de nuevo en China, el primer campeonato mundial oficial de fútbol femenino, que acabarían conquistando los Estados Unidos. Finalmente, en 1996, el fútbol femenino fue incluido en el programa olímpico y en la temporada 2001-2002 la UEFA organizó el primer torneo de clubes entre mujeres, ahora conocido oficialmente como Liga femenina de Campeones. 

La llegada de s. XXI debía servir para ampliar y consolidar las bases que se habían sentado en décadas anteriores. El impulso dado desde algunas federaciones no necesariamente punteras en el fútbol masculino (como los Estados Unidos, Japón o Canadá) ha favorecido que el estallido de la competición femenina desde la década de los setenta sólo pueda adjetivarse de asombroso. Un dato muy significativo que pone de relieve la trayectoria ascendente del fútbol femenino es que, en 1971, tan solo se jugaron 2 partidos internacionales que, además, solo involucraban a 3 equipos distintos. En cambio, en 2011, se disputaron la friolera de 514 partidos a lo largo y ancho del mundo, siendo 129 las selecciones implicadas esta vez.

Además, según cifras oficiales publicadas por la UEFA en 2013, existen hasta 69.000 clubs con equipo femenino; 11 federaciones nacionales cuidan la cantera femenina a través de escuelas orientadas para tal fin; hay más de 7.000 árbitros mujeres; y, en total, se destinaron más de 80 millones de euros a la promoción y mantenimiento del fútbol femenino.

Con el cambio de milenio, el número de mujeres que se dedican al fútbol también ha crecido de forma exponencial. Si en la década de los ’80 eran 200.000 las mujeres que jugaban al fútbol, ahora se ha pasado al millón de ellas. Pero si nos fijamos en los puestos de responsabilidad, también se han producido avances considerables. Si bien su participación en los organismos federativos (tanto a nivel nacional como internacional) sigue siendo extremadamente minoritaria, la tendencia revela que cada vez ocupan posiciones de mayor importancia. En otros ámbitos como la dirección técnica y deportiva o el arbitraje también se han registrado destacados progresos. Pocos podrán olvidar casos como los de Bibiana Steinhaus, mujer que arbitró por vez primera un partido de la Bundesliga el pasado mes de septiembre.

Sin embargo, el seguimiento del fútbol femenino sigue siendo desigual en función del país en el que uno se encuentre. En Suecia, por ejemplo, a pesar de no ser una potencia a nivel masculino, goza de una gran presencia social a nivel femenino. Figuras como la de Marta (jugadora brasileña galardonada con ¡cinco Balones de Oro!), que ha hecho carrera mayoritariamente en el país nórdico, sin duda han sido claves para atraer a públicos cada vez numerosos. En contraste, países como Brasil, pese a jugar la misma Marta en su selección, adolecen de infraestructuras e interés público. Ello da cuenta del agridulce balance del fútbol femenino.

Decía Simone de Beauvoir que “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. En una sociedad patriarcal centrada en la figura y punto de vista del hombre, el fútbol siempre se ha alzado como cadena de transmisión de los valores asociados a la virilidad. Pero mujeres como Nettie Honeyball, avanzada de su tiempo, tuvieron la valentía de cuestionar la concepción que se tenía de la mujer a través de la pelota, una de las mejores armas para difundir su revolucionario pensamiento. Imaginadlo: al tiempo que un grupo de hombres juegan al fútbol en algún estadio de Inglaterra, irrumpen Honeyball y compañía ante la muchedumbre allí congregada y dejan caer una sencilla pregunta sobre el rectángulo de juego: ¿Y nosotras? ¿Podemos jugar? Solo a partir de entonces, el fútbol femenino empezaría a correr mejor suerte.

 

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