Tras la disputa de los choques de octavos de final, caracterizados por su máxima igualdad, el Mundial se da un respiro con dos días sin fútbol. Ya lo advierte el refrán: después de la tormenta siempre viene la calma


En un mundo minado por la desigualdad existente tanto entre países como dentro de los mismos, la celebración de la presente Copa del Mundo parece desmentir en el terreno futbolístico lo que resulta una evidencia desde la perspectiva social, política y económica.

Unos octavos de final de puro infarto abren el telón de la fase final del Mundial de Rusia. Con tres prórrogas y tres tandas de penaltis, su carta de presentación parece inmejorable. Tan solo Brasil pudo salirse de la tónica dominante en estos igualados enfrentamientos con un triunfo sin paliativos por 2 a 0 frente a México. El resto de batallas terminaron, a lo sumo, con tan solo un gol de diferencia.

Los frenéticos lanzamientos desde los once metros dejaron entrever que eso que algunos llaman lotería también esconden algo de mérito. Vimos excelentes vuelos de los cancerberos, e incluso el empleo de los pies para repeler el esférico. Asimismo, aparecieron en escena los grandes especialistas desde el punto de penalti, entre los cuales destaca Kane, cuyo disparo parece ajeno a la presión inherente al lanzador.

Los octavos de final también han traído consigo un héroe inesperado. Decíamos que era el Mundial de las sorpresas, pero lo de Mina parece llevar al extremo la semántica del término. En el duelo ante los ingleses, Mina sacó oro de la única opción que parecían tener los cafeteros para igualar la contienda, aprovechando un saque de esquina con un testarazo inapelable para Pickford. Un central con alma de delantero… y con tres goles en su currículum mundialista. Aunque, como se suele decir (o como debía pensar Pickford), quién ríe último, ríe mejor. El recital del meta de Washington rompía una maldición que pesaba demasiado sobre las espaldas inglesas y, a pesar de las declaraciones de Courtois, se erigió cual gigante frente a las aspiraciones colombianas.

Sin embargo, tal vez la mejor estampa nos la regaló el Japón-Bélgica. El frenesí con el que se vivieron los dos goles de Japón, en apenas cinco minutos, será sin duda uno de los momentos más recordados de este Mundial. La Bélgica de las mil maravillas, la eterna aspirante que nunca acababa de serlo, parecía volver a precipitarse sobre la lona. Pero en las alturas flaquearon los japoneses. No existe aún la táctica que pueda contrarrestar lo que es pura genética. De cabeza, casi con los cuernos, igualaban los Diablos Rojos. La empatía por el conjunto más débil parecía dar un empuje moral extra a los nipones que, a la postre, se convertiría en un empujón hacia fuera del Mundial. Japón cometió el dulce pecado de anotar demasiado pronto sus dos tantos ante una Bélgica que, solo cuando le apretó la necesidad, empezó a escupir fuego.

Parece haber pasado una eternidad desde la caída de los dos dictadores del mundo de la pelota. Pero los octavos, para Messi y Cristiano, acabaron siendo como aquella línea roja intraspasable. El cielo ruso sufrió un repentino apagón que Mbappé y Cavani, cual electricistas profesionales, se encargaron de remediar.

Y hablando de eminencias de este deporte, sería una absoluta falta de consideración olvidarse de él. Neymar parece emular el funcionamiento de un motor diésel. Era de sobras conocido que su estado físico aún no era el óptimo para sacar a relucir todos sus encantos, pero con el avance de la cita mundialista su magia parece hacer levantar a cada vez a más almas de su asiento. Entretanto, fue Coutinho el encargado de llevar la batuta sobre el terreno de juego. Y desde el banquillo, Tite acompasando a los suyos como nadie. Más pragmático, que romántico. Más de desfile militar, que de samba. El jogo bonito parece condenado a ser el hermano menor de la fortaleza defensiva. Pero con el crédito y la amnesia que traen consigo las victorias, nada de eso importa. Lo único que conviene recordar es que Brasil ya está en cuartos, con tal solo un gol en contra y con un Neymar al que se le empieza a encender la bombilla.

La ya extinguida maldición inglesa parecía un juego de niños al lado de la española. La poderosa Rusia de Putin contrastaba con la endeble Rusia de Cherchesov. Parecía erigirse cual piñata en una fiesta de cumpleaños, ideal para romper su maldición ante la anfitriona. Rusia era el décimo intento de España para poner fin a tanta brujería. Los anteriores se saldaron con cinco derrotas (Italia, Brasil, Francia, Alemania y Portugal) y cuatro empates (Italia por partida doble, Inglaterra y Corea del Sur), con un pobre balance dos goles a favor y trece en contra. Un cuento para no dormir. Y una maldición que persiste.

El aura del anfitrión amenaza ahora a Croacia. La de Modric y Rakitic, aunque bien podría ser la de Subasic. Su agilidad, más propia de un felino que de un ser humano, condenaba a una Dinamarca tan peleona como inexperta en estas citas. El grosero error de Modric al término de la prórroga, fallando un penalti ante Kasper Schmeichel, parecía antojarse como la condena moral de su Croacia. Kasper, bajo la atenta mirada del legendario Peter, rebosaba de confianza para afrontar los lanzamientos desde el punto fatídico. Sin embargo, sería Subasic, el guardián adversario, quién se colgaría todas las medallas. De forma impensable, Eriksen y Schone erraron. Modric volvió a aceptar el reto y esta vez no falló. Y Rakitic sentenció. Casi tantas vueltas dio el encuentro como lo hizo el esférico sobre el césped.

Y después de tanta emoción y desenfreno tocaba disputarse un Suecia-Suiza. Muchos fueron los que optaron por hacerse el sueco y no ver el partido. Los pronósticos del encuentro en cuanto al grado de entretenimiento parecían ser más precisos que la mayoría que hacen los hombres o mujeres del tiempo. Entre soporífero y falto de emoción oscilaban las apuestas. Por faltar, ni siquiera estaba presente la clásica dicotomía entre David y Goliat. No existía un combinado claramente inferior con el que empatizar, por lo que la neutralidad, tan practicada por los suizos, parecía la mejor opción. Una prórroga tal vez hubiera permitido echar más picante a un encuentro soso en el que, al menos, pudo verse un gol. Aunque fuera de rebote. Y de rebote, Suecia ya está en cuartos. Inglaterra, su próxima pareja de baile, tendrá que andar con sumo cuidado de que no se le congelen las articulaciones mientras suena la música.

A la vuelta de la esquina se encuentran los cuartos de final, los cuales pondrán fin a la calma instalada estos días en Rusia. Si los octavos se antojaron como la tormenta perfecta para todo amante de este deporte, costará encontrar para los cuartos su correspondiente analogía climatológica.