Tabárez, seleccionador de La Celeste, guía a todo un país de la mano de su particular historia de superación logrando el pase a los octavos de final tras imponerse a la vigente campeona de Europa, Portugal, con dos zarpazos de Cavani


Una pléyade de futbolistas alimenta el sueño de Uruguay. Tan letales con sus cañones, como eficaces con sus cubos para sacar agua del barco. Pocas cabezas restan sin conocer, aunque sea por oídos, a figuras del calibre de Cavani, Suárez o Godín. Después de la victoria ante Portugal, elevados a la categoría de héroes nacionales.

Pero ya lo advierte la bandera de la embarcación charrúa, teñida de blanquiazul y con un imponente sol color oro en la parte superior derecha. Representa el Sol de Mayo, en honor a la Revolución de Mayo (1810) que inició el proceso de independencia de España. No obstante, su verdadero origen se remonta al lejano Imperio inca, quiénes se entregaban a Inti, nombre sagrado en quechua del Sol a la par que su deidad de mayor consideración. Trasladándonos al presente, la actual selección de Uruguay no se comprendería sin su particular Inti: Óscar Washington Tabárez. Él emite la luz que sus pupilos se encargan de hacer brillar.

Más comúnmente apodado Maestro, Tabárez se erige como un rara avis en los banquillos. Compaginó su pasión por la pelota con el ejercicio de la docencia en las escuelas del Cerro, Paso de la Arena y La Teja. Pero sus enseñanzas, para beneficio del fútbol, han traspasado aulas y pupitres para instalarse en los terrenos de juego. Así lo confirmaba Forlán, la enésima estrella del firmamento uruguayo, mientras contaba una anécdota sobre una concentración de La Celeste: “una vez jugamos en Japón y estábamos hablando de cómo nos sorprendió la cultura. Así que, después de la cena, el Maestro reunió a los muchachos y lo escuchamos hablar sobre Japón, su historia, todo lo que sucedió en el país. Él es un hombre muy bien informado” (The Wall Street Jounral).

Mientras toda Uruguay botaba de alegría con sendos tantos de Cavani, Tabárez permanecía sentado, con visible alegría, pero sentado. Arropado por una muleta, se le ve dando instrucciones a los suyos, con un caminar aparatoso a la par que admirable. Y es que el Maestro padece una neuropatía crónica que afecta el sistema nervios y provoca una pérdida de movilidad en piernas y brazos. Tan solo sufrida por 47 de cada 100.000 personas, pero que no impide a Tabárez seguir al frente de la nave uruguaya. La fragilidad física del Maestro contrasta con la fuerza de sus pupilos que, inspirados por la historia de superación del primero, hacen buena aquella famosa máxima de “pelear todos los balones como si fueran el último”.

Sin embargo, otra clase de cifras hablan mejor de lo que supone la figura del técnico. A sus 71 años, el técnico más longevo de la Copa del Mundo hace de la experiencia su mayor baluarte. Para la mayoría, el Mundial es una cita tan trascendental como efímera, pero para Tabárez ya empieza a ser una costumbre, siendo su cuarto Mundial al frente de La Celeste. El de Rusia es su tercer consecutivo, después de conseguir un meritorio cuarto puesto en el de Sudáfrica (2010) y no pasar de los octavos de final en Brasil (2014). Sin embargo, pocos recuerdan que su primer período al frente de la selección tuvo lugar entre 1988 y 1990, con motivo de la celebración del Mundial de Italia (1990), donde Uruguay caería en octavos ante la anfitriona. Pero más que un adiós, era un hasta pronto. A raíz de la hecatombe de 2006, donde Uruguay no lograría el pasaporte para el Mundial de Alemania, Tabárez regresó, cuaderno en mano, para situar a su pequeño país en el lugar que nunca tuvo que abandonar. Y desde entonces hasta nuestros días, con unas semifinales de un Mundial (2010) y una Copa América (2011) en su haber.

Tan vasta es su carrera que, por la irremediable fuerza del transcurso del tiempo, se alza como el entrenador con mayor cantidad de partidos dirigiendo a una selección en la historia del fútbol internacional, con la friolera de 183 encuentros. Decía que, para Tabárez, el Mundial es algo parecido al patio trasero de su casa. Prueba de ello es que, en su próximo partido ante Francia, será su vigésimo encuentro en una competición mundialista, igualando al yugoslavo Bora Milutinovic y al brasileño Mario Zagallo. Por delante ya solo tiene al alemán Helmut Chön (25) aunque, visto el ímpetu de Tabárez, parece que no por mucho tiempo.

Encomendados a su Inti particular, la selección uruguaya resigue el camino luminoso dibujado por las enseñanzas del Maestro. Pocas veces, un entrenador logra acaparar tanta o más atención que los propios jugadores, acostumbrados a escuchar que son ellos los protagonistas de la función. Una atención labrada a base de una extensa trayectoria repleta de éxitos y culminada con su particular historia de superación. Esa de la que tratan de impregnarse sus pupilos en cada duelo, en cada pase, en cada disparo. La fragilidad de Tabárez, la fortaleza de Uruguay.

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