En un juego colectivo como el fútbol, la figura del guardameta se erige como el máximo exponente de la soledad sobre el terreno de juego. Una soledad que, sin embargo, en el caso de los Mandanda, es un poco más llevadera. Y es que el famoso portero del Olympique de Marseille, Steve Mandanda, comparte guantes con sus tres hermanos: Parfait (Charleroi), Riffi (Ajaccio) y Over (Girondins de Bordeaux)


“Papá, ¿por qué es el único que lleva guantes?”- preguntó el pequeño de Steve. Había unos niños jugueteando con una pelota casi tan perjudicada como el aspecto que presentaba la superficie de juego. “Y Papá, ¿por qué va vestido de otro color?”. Steve se encontraba en esa edad en la que todo le suscitaba curiosidad, lanzando preguntas en todas direcciones que su padre trataba de cazar al vuelo con más o menos fortuna. En esta ocasión, su curiosidad apuntaba hacia el portero, cuyas particularidades parecieron asaltar de dudas la pequeña cabeza de Steve.

Nacido en Kinshasa (1985), emigró siendo un niño de la República Democrática del Congo para poner rumbo a Evreux, una ciudad de la región de Normandía (Francia). A pesar de su traslado, aquellos guantes seguirían rondando por su cabeza. Pero su recuerdo era vago, algo distorsionado. Prueba de ello es que, al poco de aterrizar en el país galo, empezó a iniciarse en el mundo del boxeo. Un deporte con guantes, al fin y al cabo, pero cuya función era algo distinta. Tan solo cumplía nueve primaveras cuando se acercó por primera vez al campo de entrenamiento del Evreux FC. Estaba realizando carrera continua a lo ancho del terreno de juego, pero se detendría en seco al pasar junto a unos jóvenes que se ejercitaban en una de las porterías.

“¿Qué deporte practicas?”. En aquella ocasión, no era Steve el que preguntaba, sino el que, a la postre, acabaría siendo su primer técnico. “Boxeo, pero no es lo mío. Me gustaría ser futbolista, y sobre todo portero porque no corres mucho”- respondió Steve, con una seguridad impropia para su tierna edad. Fue así como el curioso Steve cambiaría el cuadrilátero por el verde del Evreux FC.

A sus 33 años, no puede arrepentirse de aquellas palabras que pronunció de niño. Se erige como uno de los estandartes del Olympique de Marseille, club con que está cerca de completar la friolera de 500 partidos, una cifra que nadie ha alcanzado jamás en el club marsellés. Tras su desafortunada aventura por las Islas británicas la pasada temporada (donde apenas completó nueve partidos), el OM le ha permitido volver a la titularidad, así como a las convocatorias de la selección francesa (con nacionalización francesa, entre sus familiares se ganó el apodo de “Frenchie”). Y es que Francia parece ser tierra santa para el meta de orígenes congoleños. La última evidencia es que la Ligue 1 le ofreció recientemente el galardón al mejor portero, siendo ya el tercero que colecciona en su vitrina particular (los restantes los logró en las dos campañas previas a su periplo inglés).

La casi legendaria trayectoria de Steve Mandanda defendiendo el arco de Les Olympiens (apodo que recibe el OM) se contagiaría en el seno de su familia. Su amor por los guantes pronto se convirtió en un fenómeno genético. Sus tres hermanos (Parfait, Riffi y Over) seguirían el ejemplo del primogénito. Cuatro hermanos, cuatro porteros, ocho guantes y cuatro metas que defender. Estas serían las cuentas de los Mandanda a partir de entonces.

Parfait, de 28 años, milita en las filas del Charleroi de la Primera División belga desde 2011. Pese a nacer en la localidad francesa de Nevers, optó por representar a la República Democrática del Congo, selección con la cual conseguiría una meritoria medalla de bronce en la Copa de África (2015). Camino inverso al de Steve quién, pese a nacer en el país africano, acabaría enfundándose la elástica blue de la selección francesa.

Riffi, nacido en Évreux (localidad que acogió a Steve cuando era un niño) en 1992, actualmente defiende los colores del Ajaccio, conjunto de la Ligue 2 que está disputando la última eliminatoria contra el Toulouse por ascender a la Ligue 1 junto a su hermano mayor Steve. Sin embargo, el 0-3 de la primera manga (jugando el Ajaccio como local) da pocas esperanzas a un tierno reencuentro fraternal. Al igual que Parfait, apostó en su momento por defender al país congoleño, siendo el guardameta de la sub’21 en cuatro ocasiones.

Over, el menor de los Mandanda, aún tiene un largo recorrido para hacerse un nombre bajo palos. A sus 19 años no desaprovecha el tiempo, dado que ya ha dado el salto como profesional con el Girondins de Bordeaux, en el que ejerce de tercer portero. Comparte con Rifii el lugar de nacimiento (Évreux) pero, sin embargo, no el mismo protagonismo. El pequeño de los Mandanda no ha tenido la oportunidad de mostrar su valía, con ningún minuto disputado. Sin embargo, puede decir con orgullo compartir liga con Steve, su referente dentro y fuera de los terrenos de juego.

Unos cuantos siglos antes de que se forjara la saga de los Mandanda, un movimiento cultural se esparcía por toda Europa: el romanticismo. Lo sentimental asomaban la cabeza en un continente dominado por la razón. Friedrich, pintor romántico alemán donde los haya, deslizó su pincel para legar una de las obras maestras de la época: El caminante sobre el mar de nubes. Aunque parezcan mundos totalmente alejados, Friedrich logró plasmar, sin voluntad alguna, lo que simboliza la figura del portero en el fútbol. En la pintura se encuentra un viajero, de espaldas, completamente solo. En frente, un mar de nubes que queda a sus pies. Su aislamiento es total, produciéndose un contacto directo entre el viajero y la naturaleza, sin interferencias externas.

El arquero, en muchas fases del juego, se erige como figura contemplativa. El esférico discurre, incansable, a lo largo y ancho del verde, bajo su atenta mirada. A pesar de largos períodos de inactividad, su cabeza debe permanecer en el partido, tratando de adivinar los potenciales asaltos a su fortaleza. En ciertos momentos, sin embargo, las nubes que quedaban a sus pies se alzan por encima de su cabeza, otorgando a su figura un protagonismo desmesurado. Una falta directa peligrosa, un uno contra uno o una tanda de penaltis. En esos instantes, la muchedumbre lo examina con lupa, como no lo había hecho en todo el partido.

Sin punto medio que valga, el meta pasa del ostracismo a acaparar la luz de todos los focos. En menos de lo que tarda en bendecir los palos de su portería. Todos equipados con guantes, pero solo unos pocos elegidos con una fortaleza mental de hierro. Sin embargo, no parece suficiente. Su figura padece un escaso reconocimiento en el mundo de la pelota. En la entrega de los galardones individuales, el guardián cae en el olvido para dar paso a los artistas del juego i a los perforadores de redes. Incluso entre los aficionados, la parroquia que asiste de forma incondicional al campo para llevar en volandas a sus jugadores. Si uno se fija con detenimiento, pocos son los que se enfundan la elástica del guardameta de turno. En definitiva, son los grandes abandonados de este maravilloso juego colectivo.

Bajo sus hombros deben sostener los tres palos que levantan su portería, a la cual tratan de poner el cerrojo. Es una carga pesada, dado que se encuentran solos en dicha tarea. Sin embargo, aunque los separen muchos kilómetros, los Mandanda viven de forma distinta el aislamiento del portero. En las oraciones previas al encuentro, aunque centradas en la suerte de su equipo, siempre guardarán un rinconcito para el recuerdo del resto de hermanos porteros. Esos que, pese a estar rodeados de miles de personas semana tras semana, se encuentran sumidos en una irreparable soledad.

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