La disputa de la primera hornada de los cuartos de final nos legó un héroe y un villano bajo palos, siendo sus respectivos desempeños claves para entender el resultado final. Muslera (Uruguay) representó las sombras, mientras Courtois (Bélgica) acabó arrojando luces, dando como resultado la eliminación del primero y el pase del segundo


En la historia del Francia-Uruguay y del Brasil-Bélgica, múltiples personajes fueron los que concurrieron a escribirla. Sin embargo, como en todo cuento, no podía faltar la participación del héroe y del villano. Habida cuenta de lo cruel que puede llegar a ser el fútbol, fueron los cancerberos los que, sin quererlo ni beberlo, acabarían colgándose el cártel de protagonistas.

Por un lado, el guardián de La Celeste no tuvo el mejor de sus días. Su desempeño ante los franceses no hizo justicia a su colosal rendimiento bajo palos a lo largo del torneo, siendo uno de los principales responsables de que los charrúas tan solo llevaran un gol en su contra. Si bien es cierto que demasiados mimbres fallaron en la selección de Uruguay, Muslera, por las circunstancias que rodean la posición que ocupa, fue quién permitió visibilizar la caída de los de Tabárez.

En contraste con las sombras representadas en el interior de la cueva del mito de la caverna de Platón, las que desprendió Muslera no pudieron ser más fieles a la realidad. Una realidad llamada cuartos de final. Con el 0-0 aun imperando en el luminoso, el guardameta ya emitió señales nada reconfortantes. En una cesión por parte de un defensa, a Muslera se le tiró el tiempo encima y su despeje rebotó en la pierna de Griezmann, quién fue a presionarlo con más fe que razón. De suceder unos pocos metros más hacia el centro, Uruguay habría pasado del susto a la tragedia.

Griezmann, sabedor de la inseguridad que transmitía una de las porterías más fiables del torneo, probó fortuna con un disparo desde fuera del área. El esférico, tan denostado por muchos porteros del Mundial, pareció darles la razón a sus críticos haciendo un extraño en su trayectoria. Un extraño que sorprendió a Muslera que, con una maniobra lejos de la estética de los porteros, acabó introduciéndose la pelota en el lugar menos adecuado. Su expresión facial era la de todo un país que, en lo que restó de encuentro, fue incapaz de levantarse de semejante mazazo.

Por otro lado, toda historia necesita de su héroe y, aunque Courtois no llevara capa, iba equipado con unos guantes con superpoderes. El meta belga pareció querer redimirse de su discreta temporada en el Chelsea en el momento más oportuno: en unos cuartos de final ante la todopoderosa Brasil. Pero si la cosa iba de poderes, Courtois pareció invocarlos a todos en su figura. Cada vez que se fregaba los guantes, saltaban chispas sobre el Kazán Arena.

El 2-0 de la primera parte, a pesar de la formidable actuación coral de los belgas, sería incompleto si omitimos el papel del cancerbero belga. A veces aliado con la fortuna y con los palos, como en el remate de Thiago Silva en un saque de esquina, pero la mayoría de veces sacando a relucir paradas de todos los colores y de todos los sabores. El cerrojo permanecía cerrado en la primera mitad.

Sin embargo, en un encuentro de poder a poder costaba de creer que no fuera a cambiar la cara del marcador. El más goleador (Bélgica) contra el menos goleado (Brasil). Una lucha de titanes donde Courtois volvió a tener la última palabra. Parecía que el gol de Renato Augusto, tras una asistencia trazada con escuadra y cartabón de Coutinho, acabaría por premiar el peso de la historia de Brasil. Pero este es un Mundial donde el peso de la camiseta parece no tener valor por báscula alguna. Y los manotazos de Courtois disuadieron la entrada de cualquier intruso en sus dominios, cual espantapájaros en un campo de cultivo. No fue la Brasil de Neymar y Coutinho, ni la Bélgica de Hazard, De Bruyne o Lukaku. Sin duda alguna, fue la Bélgica de Courtois.

Mucho se ha escrito sobre la singular figura del portero. Sumida en las más oscuras tinieblas o elevada a los altares de Olimpia. A Muslera y Courtois les tocó repartirse ambos escenarios, sin opción de escoger punto medio alguno. Porque así es la labor del portero, una isla en un deporte colectivo. A quién un pequeño error le puede salir demasiado caro. Pero un pequeño acierto, tan solo se queda en eso, en otra parada más. Luces y sombras bajo palos.