Por quinta vez en su historia, las semifinales de una Copa del Mundo vuelven a estar compuestas por cuatro equipos europeos: Francia, Bélgica, Inglaterra y Croacia. Por ello, muchos se preguntan, con cierta ironía, si a estas alturas de la competición se está disputando un Mundial o una Eurocopa


Si el Mundial de Rusia se encontrara estirado en el diván, en calidad de paciente, el psicólogo o psiquiatra de turno lo tendría muy fácil para detectar aquello por lo que adolece. Su nomenclatura es algo confusa, pero le va al dedillo a lo que está siendo el Mundial de Rusia: trastorno de identidad disociativo. También conocido como desorden de personalidad múltiple, se caracteriza por la coexistencia de dos o más personalidades en una misma persona, cada una con su propio patrón de comportamiento. Al menos dos de estas toman el control del individuo de forma cotidiana, y están asociadas con un grado de pérdida de memoria que va más allá de la falta de memoria habitual. Dicha pérdida tiene un nombre, más intuitivo que el de la propia enfermedad, que es  el de “tiempo amnésico”.

¿Mundial o Eurocopa? Pues bien, esas son las dos personalidades que se disputan el control de la mente de la edición de Rusia 2018. Al empezar la competición, parecía evidente que el patrón de Mundial era el predominante, pero con la llegada de las semifinales, como sobrevenido por el citado tiempo amnésico, el patrón Eurocopa parece ganar enteros.

Francia, Bélgica, Inglaterra y Croacia. A parte de ser unas semifinales que pocos esperaban encontrarse, llama la atención que ninguno de los contendientes no pertenezca al Viejo Continente. Y la llama porque, en la extensa historia de los Mundiales, tan solo se había dado en cuatro ocasiones hasta la fecha. La última data de 2006, lo cual no supone un gran salto temporal, con Italia, Francia, Alemania y Portugal. Aunque, más que por esta curiosa circunstancia, aquél Mundial sería recordado por dos nombres propios: Zinedine Zidane y Marco Materazzi.

Pero para encontrar el siguiente precedente cabe remontarse a la década de los ochenta. Casualmente, otra vez, sería el Mundial de España 1982 el que restringiría la entrada a cualquier selección no europea en semifinales. Italia y Francia repetían como protagonistas, Polonia se sumaría a la fiesta y Alemania Federal, que tan solo por su nombre ya da cuenta de lo lejano que queda aquella cita, completaría el cuadro.

Siguiendo la cuenta atrás en el tiempo, sería en 1966 cuando la Copa del Mundo volvería a poner en evidencia la hegemonía europea. En aquella ocasión, la parrilla de semifinales quedaría conformada por Inglaterra, Alemania Federal, Portugal y la URSS. Tan solo se permitía la participación a dieciséis selecciones nacionales, lejos de las treinta y dos con las que cuenta el Mundial de Rusia, y sirvió para coronar a los ingleses con la única Copa del Mundo que retienen en sus vitrinas, pero que tan solo los más veteranos retienen en su memoria.

Finalmente, la madre de todos los precedentes data de 1934. Europa se encontraba sumida en el conocido período de entreguerras, una tregua entre los dos conflictos bélicos más desgarradores de la historia de la humanidad. Un período donde la pelota trataba de erigirse como alternativa a los fusiles y que, pese a la excepcionalidad de los acontecimientos, parecía querer aparentar normalidad con la disputa de la Copa del Mundo. Se trataba de la segunda edición de la competición, la primera en disputarse en un país europeo (Italia) tras el éxito que supuso el Mundial de Uruguay de 1930. Además, fue el primer Mundial donde participó una selección africana (Egipto). Pero lo que más será recordado de dicha cita, al menos en lo futbolístico, fue que La Celeste, flamante campeona del Mundial de 1930, rehusaría participar en semejante cita, dado que Italia no quiso acudir a su Mundial.

Como es fácil de comprender, el hecho de que cuatro selecciones europeas se repartieran los puestos de semifinales (Italia, Checoslovaquia, Alemania y Austria) no fue precisamente lo que concentró la atención de los presentes. Más bien fue la utilización que dio Mussolini al Mundial desde un punto de vista propagandístico y nacionalista, con el fin de vender al exterior las bondades y los ideales del fascismo italiano.

Pero 1934 también fue el año en que uno de sus semifinalistas, Alemania, protagonizaría acontecimientos lejos del mundo de la pelota. El 30 de junio, pocos días después del cierre de la competición, tendría lugar la llamada Noche de los Cuchillos Largos, donde se inició la purga del Partido Nazi con la masacre y el desarme de los cuerpos de asalto SA. En unos pocos días de margen, en el 2 de agosto, tras la muerte de Hindenburg, Hitler se autonombraría presidente de Alemania, junto con el cargo de Canciller que ya ostentaba.

Tan solo unos días antes discurría la pelota por el terreno de juego, tratando de arrojar luz a un período acechado por las oscuridades del fascismo italiano y del nazismo alemán. Pero la pelota solo era un instrumento que, en realidad, nunca ha dejado de serlo.

Sea como fuere, la hegemonía europea vuelve a hacer acto de presencia en Rusia por quinta vez en la historia de los Mundiales. Una historia llena de claroscuros. Pero también una historia que, con la presente edición, parece ser escrita cada vez más con manos europeas.