Lejos de ser un eslogan publicitario, la presente edición del Mundial de Rusia bien podría conocerse como el Mundial sin fronteras. Basta arrojar el siguiente dato para comprender dicha nomenclatura: el 10% de los jugadores que disputan el Mundial ni siquiera ha nacido en el país que representa con su selección


Es de sobras conocido que el fútbol, aparte ser un bello y popular deporte, ha sido utilizado históricamente como instrumento por parte de las instancias políticas. Pero cuando el fútbol se articula en forma de Copa del Mundo, lo dicho parece cobrar dimensiones gigantescas. Ya no se trata del enfrentamiento entre equipos pertenecientes a distintas ciudades, sino que la competición se eleva al nivel de los estados. Algunos enfrentamientos, enmarcados en un determinado contexto político y social, son vistos con otras gafas, además de las futbolísticas.

El papel del organizador de la cita mundialista también responde a estas coordenadas. Dejando a un lado los considerables beneficios económicos que trae consigo la celebración de una competición de tal calibre, la disputa de un Mundial da visibilidad al país anfitrión, el cual trata de aprovechar la ocasión para mostrar su cara más amable y dejar en el heladero, con la amnesia que causa el discurrir del balón, sus pecados más ominosos.  

Al mismo tiempo, hablar de Mundial es sinónimo de hablar de orgullo nacional. Son dos caras de una misma moneda. La música de los himnos nacionales retumba por todos los estadios, al tiempo que el respetable y los propios jugadores, mano agarrando el pecho, corea su letra. Tal vez reforzando la cohesión de un país algo fragmentado, tal vez elevando a la nación de turno a un estadio de grandeza del que no goza en el día a día.

La celebración del Mundial tiene por costumbre ensalzar el modelo de los Estados nación, aquél que se caracteriza por tener un territorio claramente delimitado, una población relativamente constante y un gobierno. Su vigencia parece no ser muy discutida, a pesar de que su origen sea remoto. Históricamente, nace mediante el Tratado de Westfalia, el cual ponía fin a la guerra de los Treinta Años (1648) y, de paso, al antiguo orden feudal.

Sin embargo, el actual mundo de los Estados nación, con sus fronteras detenidamente definidas en los mapas, parece encorsetar una realidad social mucho más compleja. Y el Mundial de Rusia, aparte de hacernos vibrar con sus goles, se erige como el más sincero reflejo de esa realidad.

Leía esta mañana, en un artículo de La Vanguardia escrito por David Carabén, un dato que casi me hizo atragantar el desayuno. No porque fuera desagradable, sino porque me pareció poderosamente curioso: uno de cada diez jugadores que disputan el Mundial de Rusia ni siquiera ha nacido en el país que representa. Sin embargo, en las selecciones europeas, la proporción es mucho mayor, siendo 83 de los 230 jugadores europeos inmigrantes. En la Portugal de Cristiano Ronaldo, los nacidos fuera de las fronteras lusas llegan al 32%.

Pero también podría hablarse de los descendientes. Por ejemplo, en el caso de Inglaterra, una de las agradables sorpresas de la cita mundialista, al menos 9 de sus 23 jugadores son de ascendencia caribeña o africana. También en la selección belga, otra semifinalista, donde hay 10 jugadores hijos de inmigrantes. Lo cierto es que la población migrante se encuentra sobrerrepresentada en la mayor parte de combinados nacionales. Un caso paradigmático de esta realidad es que, en Francia, casi completando el cuadro de semifinales, son el 78,3%. Sin embargo, en el estado francés, la población migrante apenas llega a representar el 6,8% de la población total.

Este bonito deporte llamado fútbol, a pesar de ser instrumentalizado por las elevadas esferas políticas, a veces se encarga de poner trampas para que esas mismas esferas se den de bruces con la realidad que ellos mismos han construido. En paralelo a la nefasta gestión de la presente crisis de los refugiados y las cada vez más endurecidas políticas migratorias, temerosas del “extraño”, se erige la celebración del Mundial de Rusia. Un Mundial que, aparte de las sorpresas que no paran de acontecer en él, pone de relieve la diversidad y su convivencia en el seno de las respectivas selecciones nacionales. Una lección en toda regla de las federaciones de fútbol a ciertas esferas políticas que, en ocasiones, terminan haciéndose daño con los instrumentos que ellos mismos manipulan a su antojo. En definitiva, un Mundial sin fronteras.