Los ojos de un niño ven el fútbol de una forma especial. Hace poco más de una semana, tuve la oportunidad de acompañar a mi sobrino Arnau al Camp Nou, donde se disputaba un partido entre el Barça y el Huesca. En mi mente, descansan recuerdos sobre una tarde que jamás olvidaré.


– ¿Pero grande como la mesa?- preguntaba mi sobrino, expectante, desde el móvil de su madre.

– No Arnau, el Camp Nou es mucho más grande que la mesa que tienes delante –le respondí yo esbozando una ligera sonrisa, fruto de su inocencia.

-¿Va tiet (es así como me llama), grande como la calle?-insistía con sana impaciencia.

– Este domingo lo verás- dije finalmente entre risas, incapaz de transmitirle a un niño de casi cuatro años de edad, el retrato del Camp Nou.

Cuando colgué el teléfono, afloraron en mi, destellos de nostalgia y alegría. Mi sobrino estaba a escasos días de visitar por primera vez el Camp Nou, donde residen tantos recuerdos inmortalizados en mi memoria. La ilusión del momento se apoderó de mi racionalidad económica y decidí ir a comprarle la equipación del Barça.

– Arnau, tengo una cosa para ti.

Mi sobrino, acostumbrado a pasar ratos junto a mí, pero no a que le sorprenda con regalos, levantó la mirada de su dibujo en acuarelas y fijó la atención en la bolsa que llevaba en mi mano derecha. Cuando saqué la equipación del envoltorio, se quedó unos instantes observando unos colores que le eran familiares.

– Sí Arnau, es la equipación del Barça- le dije con una sonrisa de oreja a oreja.

Arnau, que si por él fuera se pasaría toda la vida con la misma ropa con tal de no interrumpir los momentos de juego, se sacó decididamente cada una de las piezas que llevaba encima, enfundándose la camiseta, el pantalón y las medias en un tiempo récord.

Con la indumentaria puesta, mi sobrino lucía una felicidad que sus padres tenían que ver. Por suerte, mi hermana y mi cuñado viven en el mismo edificio que yo, y bajando cinco pisos en ascensor, nos plantábamos en la puerta de su casa. El breve recorrido nos permitía mantener viva la llama de un momento mágico, sólo al alcance de los Reyes Magos. Arnau, que durante el trayecto en ascensor estuvo pellizcando su nueva indumentaria y haciendo saltitos para controlar las mariposas que sentía en su estómago, se dispuso finalmente a llamar al timbre de su casa, donde le esperaban mamá y papá.

Cuando su madre abrió la puerta, tras aspavientos de sorpresa, ambos se fundieron en un abrazo en el que posteriormente se sumó su padre. Arnau no quiso deshacerse de la equipación durante lo que quedaba del día y cuando llegó la noche, la colocó delicadamente bajo su cojín, compartiendo con ella sus sueños.

Aún quedaba lo mejor, la visita al Camp Nou. Era domingo, y como de costumbre nos reuníamos en casa para comer en familia, en esta ocasión para celebrar el cumpleaños de mi madre. La vestimenta blaugrana de Arnau y los comentarios alrededor de la inminente experiencia, fueron el foco de atención durante toda la comida. Tras disfrutar de un buen arroz, brindamos por el cumpleaños de mi madre y abrimos paso a un momento que usualmente se presenta delicado: intentar que Arnau haga la siesta.

– Arnau, ¿Vamos a descansar? si no duermes un poco irás demasiado cansado al Camp Nou- le comentó su madre, que sabe mejor que nadie como persuadirle.

– Sí, vamos a dormir-le respondió.

Todos nos miramos asombrados ante su respuesta, pero ignorábamos algo importante que descubrimos después: Arnau no tenía ganas de dormir, pero sabía que si no hacía la siesta, muy probablemente caería abatido por el sueño en su visita al Camp Nou. Así pues, ante su predisposición, me ofrecí para acompañarlo en brazos hacia un cuarto lejos del murmullo familiar.

Tiet, hacemos una cosa, tú me cuentas un cuento y yo duermo.

-Me parece un buen trato- le respondí mientras lo acomodaba en su cama.

Tras varios minutos de relato sobre las aventuras de un tigre en la sabana, reseguí sutilmente su mirada para averiguar si finalmente había conseguido conciliar el sueño. A pesar de la oscuridad, gracias a una tenue luz que se filtraba entre las rejillas de la persiana, pude comprobar como Arnau cerraba sus ojos apretando las pestañas con demasiada fuerza. Estaba tratando de poner, a su manera, todos los esfuerzos en dormir, pero le era imposible. Vencido por los nervios, pasó el tiempo de siesta frente al televisor, viendo los dibujos animados.

Cuando llegó el momento de irnos, no puso ningún impedimento para cerrar la pantalla. Su mirada permanecía perdida en los dibujos, pero su mente estaba puesta en conocer el Camp Nou.

Ya lo teníamos todo listo, su padre Albert, Arnau y yo, estábamos instalados en el coche, dispuestos a poner rumbo hacia el estadio.

– ¿Cómo está el tránsito?-preguntó literalmente mi sobrino justo antes de que arrancara el coche.

-Arnau, puedes estar tranquilo, vamos muy bien de tiempo-le respondió su padre.

Entonces sí, enfundado en su sillita, peluche en mano y a sabiendas de que las agujas del reloj iban a favor nuestro, Arnau consiguió dormirse en escasos minutos. El suave sonido de la radio y las acompasadas y profundas respiraciones de mi sobrino durante el trayecto, sugerían el preámbulo idóneo de la llegada al Camp Nou. No obstante, justo cuando Albert y yo estábamos debatiendo sobre cuándo despertarlo, los mosquitos que rondaban las inmediaciones del estadio, aprovecharon que las ventanillas del coche estaban abiertas para anticiparse a cualquiera de nuestras intenciones. Nos acribillaron y despertaron a Arnau antes de lo previsto, pero no había picor que eclipsara su ilusión.

Así pues, superado el pequeño contratiempo, bajamos por la Av. de Joan XXIII, que nos acompañó teñida de azulgrana hacia nuestro destino. Arnau, que se encontraba acomodado encima de mis hombros, aprovechaba la vista privilegiada para comentar todo aquello que iba observando:”hay mucho tránsito”, “este señor va vestido como yo”, “mira, banderas”…Todo parecía interesarle en una Barcelona que exhibía el tradicional alboroto antes de un partido del Barça. Sin embargo, a medida que nos íbamos acercando a las puertas del Camp Nou, la frecuencia de sus vocablos cada vez era menor, dando paso a un silencio engendrado por la emoción del momento.

Tiet, quiero bajar-dijo Arnau desde mis hombros, justo antes de pasar su entrada por la máquina lectora.

Dicho y hecho. Mi sobrino cogió la iniciativa, y haciéndose un hueco entre la gente, empezó a andar intuitivamente bajo mi atenta mirada, que seguiría su rastro en todo momento. Justo cuando se encontraba en las entrañas del estadio, empezó a sonar el himno. La melodía le era familiar y cada paso que daba era más firme, lo que le permitía subir las escaleras que llevaban a nuestros asientos con un tremendo desparpajo. Los focos del estadio, que ya se intuían a lo lejos, le sirvieron de guía para dirigirse hacia la boca que daba al exterior, desde donde se podía ver el terreno de juego. Su camino era del todo certero, y finalmente tras seguir algunas de mis indicaciones, llegó a la segunda gradería que le ofrecería una panorámica excepcional del Camp Nou, aquello que tanto andaba buscando.

Mientras sonaban los últimos compases del himno, la fascinación se apoderó de él. Lejos de la euforia, permaneció un instante boquiabierto tratando de asimilar aquello que estaba viendo por primera vez: infinitas cabezas esparcidas por los asientos, con banderas, bufandas y otras indumentarias que coloreaban de azulgrana las inmensas gradas del estadio. Y en el centro, allí donde todas las miradas centraban la atención, el rectángulo de juego, que presumía como siempre de su impoluta alfombra verde. Aquella atmósfera era pura magia para él, y una sutil mueca de emoción en su rostro, reservada sólo para las grandes ocasiones, así lo reflejaba.

El balón echó a rodar, y Arnau, contagiado por la afición, soltó tímidamente su primer¡Barça, Barça!,mientras trataba de aplaudir de forma acompasada. De pronto, tras una rápida jugada de tiralíneas, el equipo visitante se plantaba en el área del Barça para hacer su primer gol. Varios aficionados del Huesca, que se encontraban dispersos por primera vez en la historia en las butacas del Camp Nou, estallaron de alegría. Arnau, que todavía tiene muchos minutos de futbol por ver, celebró ese gol como un oscense más.

No obstante, el entusiasmo del equipo visitante duró apenas diez minutos. Fue Leo Messi, quién sino, el encargado de igualar el marcador mediante una jugada marca de la casa: control en la frontal del área, recorte que rompía la cintura del defensa rival, y culminación exquisita mediante un pase a la red que ponía el balón lejos del alcance del portero. Ante esa obra de arte el Camp Nou se puso en pie, y Arnau, aunque por su corta edad era incapaz de valorar un gol de ese calibre, alucinaba con la reacción de la gente.

La primera parte terminó 3-2 a favor del Barça y mi sobrino estaba encantado; 3 goles en 45 minutos y la afición predispuesta a animar al equipo. Solo había una cosa que le molestaba: que la gente estuviera de pie aunque fuera el descanso.

Tiet,quiero ver el fútbol- me dijo Arnau mientras su mirada se hacía un hueco entre las cabezas de la gente.

-Ahora los jugadores están descansando-le comenté

– Pero si hay gente chutando- insistía alzando ligeramente los brazos.

-Son los jugadores suplentes, los que no juegan el partido-le dije sin muchas esperanzas de que me entendiera.

– Pues quiero ver a los suplentes-concluyó.

Sin lugar a dudas, Arnau quería seguir disfrutando del espectáculo. La segunda parte, la pasó acompañado de un tupper de spagetthis,que según él, estaban sosos. No había de qué preocuparse, Messi se encargó de condimentarlos mediante otro gol, y dos asistencias. Era la enésima exhibición del astro argentino en el Camp Nou, y la afición, incluido Arnau, se lo agradecía coreando el clásico e inagotable: ”Messi, Messi”. En ese preciso instante, me transporté doce años atrás, cuando yo tenía ocho años. Por aquel entonces, un Leo Messi de 19 años le marcaba un hattrick al Real Madrid, y yo le rendía homenaje por primera vez, tal y como lo estaba haciendo mi sobrino.

Justo cuando el partido estaba a punto de finalizar y los aficionados se levantaban apresuradamente de sus asientos para evitar las aglomeraciones post-partido, Luís Suárez provocaba un penal que transformaría él mismo en gol. Arnau disfrutó particularmente de esa acción. El penal, al tratarse de una jugada a balón parado, cerca de la portería rival, y sin oposición defensiva, permitía a mi sobrino olerse el gol, y eso le emocionaba especialmente.

El tanto de Luís Suárez suponía el 8-2 y ponía fin a una fiesta de goles.

-¡Anda que no, 8 goles en tu primer partido al Camp Nou!, ¿sabías que hay veces que el partido termina 0-0?-le comentaba Albert a su hijo cuando ya nos dirigíamos de vuelta al coche.

-¿Sin goles?, ¿Entonces no hay porterías, no?- le respondía de forma tiernamente ingenua.

Ciertamente, por cuestiones de edad, mi sobrino ha visto poco fútbol, pero demuestra tener bastante interés en él y esto me hace feliz. Desde bien pequeño, como aquél que dice, he ido acompañado por un balón a todas partes y a medida que he ido creciendo, he sido seducido por todo aquello que gira a su entorno. Arnau tan sólo tiene 3 años, y tiene muchísimo por descubrir más allá del fútbol. Por ahora, solo me queda esperar, y desear que este deporte se haga un hueco entre sus pasiones. De ser así, su visita al Camp Nou será el primer capítulo de una larga y bonita historia .

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