La primera edición de “Ciudades enfrentadas” solo podía radicar en Glasgow, donde el Celtic y el Rangers tratan de resolver sus diferencias políticas, religiosas, económicas y de tradición con un balón de por medio. ¿El resultado? El Old Firm, expresión con la que se da a conocer la rivalidad deportiva entre Celtic y Rangers, tal vez la mayor del panorama europeo. Abróchense los cinturones, que vienen curvas


“Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. Cuando Bill Shankly dejó caer una de esas frases que permanecerá para siempre en las memorias balompédicas, Glasgow se encargaba de escenificar esas mismas palabras cuando el Celtic y el Rangers se citaban sobre el verde. Religión. Política. Economía. Tradición. Y, si quedaba tiempo, un poco de fútbol. Con estos ingredientes, el picante estaba asegurado.

El bueno de Shankly, en realidad, no se refería al Old Firm, nomenclatura de origen incierto con la que se conoce la disputa del derbi entre el Celtic de Glasgow y el Glasgow Rangers, los dos equipos hegemónicos de la ciudad y de Escocia entera. Nacido en el pueblo minero de Glenbuck (Escocia) en el seno de una familia humilde de 10 hijos, el balón pareció ser el único medio capaz de sacarlo de la pobreza en la que pasó su infancia. Se hizo un nombre en los banquillos del fútbol británico, siendo especialmente recordado en Liverpool por su exquisita trayectoria deportiva, devolviendo a los reds a la primera división inglesa y consiguiendo alzar 3 campeonatos de liga, 1 Copa de la UEFA y 2 FA Cups.

Sin embargo, el recuerdo de Shankly quedaría incompleto si se pasara por alto el enfrentamiento dialéctico que mantenía con el Everton, el vecino de la ciudad de Liverpool. Dicho club se erigió como el blanco predilecto de sus frases más célebres, revestidas de ese humor británico tan característico. “El Everton juega tan mal, que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verlos”. Mi favorita, sin lugar a duda.

No obstante, la rivalidad que conjuga el Old Firm traspasa las fronteras de lo verbal. “El derbi de la Old Firm no tiene comparación en el mundo”. Palabra de Paul Gascoigne que, aparte de ser uno de los futbolistas ingleses más emblemáticos de las últimas décadas, ostenta una dilatada experiencia en este tipo de escenarios. Colecciona derbis como el chaval que colecciona cromos: el del norte de Inglaterra (con el Tottenham), el de Roma (con la Lazio) y el de Gasgow (con el Rangers).

Un paseo por los orígenes

Acostumbrados a oír que el fútbol es un instrumento cohesionador de la sociedad, la intromisión de los derbis parece querer llevar la contraria a uno de los mantras que rodean al deporte rey. Cuando el calendario advierte de la llegada del Old Firm, Glasgow tiembla. No es fruto de la casualidad que el partido se dispute siempre a mediodía, por tal de prevenir que la hinchada llegue a la cita con un exceso de alcohol circulando por sus venas. De hecho, en los prolegómenos del encuentro y durante su transcurso, les es prohibido a los supermercados la venta de alcohol. Aviso para navegantes.

Para entender la rivalidad histórica que pone en vilo a la capital escocesa en los días de derbi, bueno es hacer retroceder las agujas de la historia:

Hubo un tiempo en el que Glasgow fue una royal burgh (ciudad real) y era conocida por sus gentes como la “segunda ciudad del imperio británico” durante la época victoriana. Situada a las orillas del río Clyde, la urbe se erigió como sede de un gran puerto comercial de transatlánticos durante la Revolución Industrial (1750-1840). Y durante el tránsito del siglo XIX al siglo XX, Glasgow experimentó un notable crecimiento demográfico que le permitió rebasar el millón de habitantes y, con él, como aprovechando que el crecimiento vegetativo era positivo, nacieron el Rangers (1872) y el Celtic (1887).

Por un lado, el Rangers Football Club. De orígenes menos románticos, fue fundado en febrero de 1872 por los hermanos Peter y McNeil Moisés, McBeath William y Peter Campbell. Juego en equipo. A la hora de escoger nombre, también tiraron de pragmatismo: Rangers, como el nombre de un club de rugby inglés.

El Rangers, de tradición calvinista, su fundó como reacción a los cambios sociales que, en el siglo XIX, trajeron a Glasgow a inmigrantes irlandeses. Como ha sucedido en otros episodios oscuros de la historia de la humanidad, estos fueron acusados de abaratar salarios y constituir una competencia desleal. Aunque pueda disfrazarse de anécdota, el hecho de que durante décadas se negara a jugar en domingo por ser “el día del Señor” es una buena muestra de su idiosincrasia. Menos trivial fue el hecho que no admitiera en sus filas a ningún católico hasta 1986, cuando Graeme Souness fue seleccionado como entrenador del equipo, criticó la política imperante en el club y trajo a Mo Johnston, delantero católico procedente del Celtic. Teniendo en cuenta la fecha de fundación del club, le llevó tiempo limar asperezas con los vecinos católicos.

Por otro lado, el Celtic Football Club. Su origen cabe situarlo en una reunión producida en el salón de la Iglesia de Santa María (St. Mary’s Church Hall) en East Rose Street (actualmente, Forbes Street), Calton (Glasgow), por gracia y obra del hermano marista irlandés Walfrid. Desde entonces, el 6 de noviembre de 1887 se celebra con fervor religioso. El propósito de Walfrid, como buen católico, era el de aliviar la pobreza en el East End de Glasgow y recaudar dinero para la organización benéfica que él mismo había instituido: la Mesa de la Cena de los Niños Pobres.

En su fundación, Walfrid pareció querer que todas las piezas encajaran. Y así lo reflejó en el nombre del club. Celtic tenía una intencionalidad: reflejar las raíces irlandesas y escocesas del club. Al igual que el Hibernian, club del cual fluyó la inspiración (¿divina?) para crear el Celtic, el club se nutrió a partir de los descendientes de los inmigrantes irlandeses. Ni siquiera el apodo oficial del club, The Bhoys, se dejó en manos de fuerzas azarosas. El club recién instituido era conocido por muchos como the bold bhoys (los chicos audaces). Sin embargo, basta tener unas mínimas nociones de inglés para saber que boys (chicos) se escribe sin hache. Lejos de constituir un error ortográfico, esta hache adicional buscaba imitar el sistema de deletreo gaélico en el cual la letra “b” a menudo se encuentra acompañada de la letra “h”. El enésimo guiño de Walfrid a los orígenes del club.

El Celtic, desde sus orígenes, tiene un vínculo histórico con el pueblo de Irlanda, así como con los escoceses de ascendencia irlandesa, ambos de los cuales son principalmente católicos romanos. Un cleavage que, sin duda, es clave para entender la rivalidad contraída en Glasgow.

El antagonismo por bandera

Celtic y Rangers. Rangers y Celtic. Los protagonistas de un cuento que no es precisamente de hadas. Cuyo antagonismo bien podría servir de inspiración para la elaboración de novelas, películas u obras de arte. Protestantes contra católicos. Conservadores contra laboristas. Monárquicos contra republicanos. Escoceses nativos o procedentes del Ulster contra escoceses procedentes de la República de Irlanda.

Pero un cuento sin escenario donde desarrollar el conflicto parece poco prometedor. Y Glasgow nos da a escoger. Entre dos hogares. Dos templos. Dos ollas en plena ebullición. En otras palabras, el Celtic Park (Celtic) y el Ibrox Stadium (Rangers). A pesar de disputarse en Escocia, apenas se vislumbran banderas escocesas presidiendo el derbi. En su lugar, ondean al viento de Glasgow la Union Jack (Ibrox Stadium) y la tricolor irlandesa (Celtic Park). Como abstrayéndose del entorno en el que se encuentran.

De las gradas al tapete. De la afición a los jugadores. No solo las banderas y enseñas de sendas aficiones rebelan las identidades enfrentadas que constituyen el Old Firm. Las elásticas de ambos clubes parecen no querer quedarse atrás. Los católicos lucen rayas horizontales verdes y blancas, y en su escudo está grabado el trébol que, más que pretender atraer la buena suerte a su favor, representa el símbolo de Irlanda. Mientras, los protestantes responden con los colores de la bandera británica: camiseta azul, pantalón blanco y medias rojas. Unionistas de pies a cabeza.

Visto desde fuera, da la sensación de que el Old Firm, no deja ningún cabo suelto. Ningún detalle sin cuidar. Ningún rastro que permita acusarlo de no ser un derbi. Ideologías, creencias, colores, camisetas, banderas y símbolos conjurados para escenificar una de las rivalidades (extra)deportivas más llamativas del planeta. Pero ¿qué hay de los orígenes del mismísimo Old Firm? Aquí el cuento parece tambalearse, como el alumno que balbucea ante la incómoda pregunta del profesor. La adopción de dicho término sigue albergando numerosas dudas. Unos lo relacionan con el primer partido disputado entre ambos clubes donde los comentaristas de turno se refirieron a los contendientes como two old and firm friends (“dos viejos y firmes amigos”). De ser el caso, quedaría comprobado con la sucesión de los encuentros que el roce no hace el cariño. Otros apuestan por una caricatura satírica publicada en una revista antes de la final de la Copa escocesa de 1904 que muestra a un anciano con un tablero de emparedado que destacaba los beneficios comerciales mutuos fruto de sus encuentros: Patronize The Old Firm: Rangers, Celtic Ltd. Pero aún existe una corriente alternativa que se decanta por su antigüedad en la Scottish Football League (1890), siendo dos de los once miembros fundadores.

Sea como fuere, el término Old Firm pretende ejercer como paraguas etimológico de la rivalidad por excelencia del fútbol escocés. Una rivalidad que parece desvanecerse con el paso del tiempo. Prueba de ello es que, por un lado, los llamados “matrimonios mixtos” entre protestantes y católicos nunca han sido más altos que en la actualidad y, por el otro, la tendencia de sus hinchas a votar por conservadores (los del Rangers) o laboristas (los del Celtic) parece difuminarse.

Sin embargo, cuando Celtic y Rangers empezaran su andadura en el mundo del fútbol, el decorado era profundamente segregador. Solo fue necesario el paso de unas pocas décadas para que la rivalidad entre ambos clubes llegara a límites insospechados. Hasta que llegó la final de Copa de 1909, la cual se dice que dio origen al término con el que se conoce el derbi: Old Firm. A falta de escasos minutos para el final del encuentro, el marcador reflejaba una igualdad de fuerzas que condujo a la celebración de un segundo partido, dado que por aquél entonces aún no se habían inventado las prórrogas. En la segunda manga apenas cabía un alfiler en las gradas del mítico Hampden Park (escenario habitual de las finales de copa), pero el empate en el luminoso parecía inamovible para decepción del respetable. Sin embargo, un rumor pareció sacudirlo todo: el empate podía estar pactado de antemano para poder celebrar una tercera edición, con el consiguiente beneficio económico que ello reportaba. La respuesta de la hinchada, como fruto de un pacto tácito, no se hizo esperar. La invasión de campo era una realidad. Como también lo fue la quema de taquillas y los enfrentamientos con la policía. Desde entonces, el palmarés de la Copa de Escocia luce un hueco en blanco en la edición de 1909.

Lo sucedido en la final de Copa de 1909 no era más que un juego de niños. La crudeza de los derbis se hacía rogar, pero cuando hizo acto de presencia, lo hizo con todas las de la ley. Como si quisiera ser recordada. Y vaya si lo consiguió. Ocurrió en el Ibrox Stadium, sede del Rangers, el 2 de enero de 1971. Un aplastamiento a gran escala en la salida de una escalera puso punto final a 66 vidas humanas. Aunque fuera durante un corto espacio de tiempo, los bandos se esfumaron de Glasgow. Ni protestantes ni católicos. Ni monárquicos ni republicanos. Solo había víctimas. Y un partido benéfico, para recaudar fondos para sus familiares, que vieron alinear en un mismo equipo (Escocia XI) a jugadores del Celtic y del Rangers. Esta vez en Hampden Park, ante la consternada mirada de 81.405 personas.

El desastre de Ibrox, en realidad, no cambió nada. A pesar de ser el episodio más luctuoso en el seno de la rivalidad del Old Firm, las desgracias (aunque de menor calibre) han seguido siendo la fiel compañera de viaje de los derbis de Glasgow. Un grupo de activistas que monitorea la actividad sectaria en la ciudad informó que, en los fines de semana de Old Firm, los ataques violentos se multiplican por nueve sobre los niveles habituales. Además, también se han registrado más casos de violencia doméstica. Por no hablar de los costes en los que incurrió la policía de Strathclyde. Se calcula que, en la temporada 2010-2011, en la que se disputaron la friolera de siete derbis, la policía se gastó 2.4 millones de libras, mientras los clubes solo asumieron 0.3 millones de libras.

A partir de marzo de 2012, con la aprobación de la nueva Ley de comportamiento ofensivo en el fútbol y amenazas a las comunicaciones, se dotó a los cuerpos policiales de mayores poderes para contrarrestar los actos sectarios en los derbis. De hecho, la citada ley creó dos nuevos delitos: uno que cubre el comportamiento en y alrededor de los estadios de fútbol y otro relacionado con los mensajes enviados mediante correo electrónico o postales. Las penas no son nada halagüeñas, pudiendo enfrentar hasta cinco años de cárcel. Ese era el alto precio que el sectarismo debía pagar para colarse en la fiesta del fútbol.

Una pizca de concordia

En medio de tanta rivalidad y de posiciones enfrentadas, cuesta imaginar que existiera espacio para la concordia. Pero lo cierto es que, protestantes y católicos, también han sabido cogerse de la mano. Por ejemplo, en lo referido a los patrocinadores. Tal vez lo único que han llegado a compartir ambos equipos. La cervecera de Tennent, la empresa CR Smith, la empresa de comunicaciones NTL o la cervecería inglesa Carling. Sin embargo, más que denotar su capacidad de colaboración, estos patrocinios solo hacían que subrayar aún más la rivalidad entre Celtic y Rangers. La razón, muy sencilla: cualquier empresa local que pretendiera patrocinar a uno de los dos, probablemente perdería la mitad de sus clientes. Así era Glasgow, dos mitades enfrentadas.

Y dos mitades con mucho músculo. Hablar del palmarés de los equipos escoceses es casi equivalente a hacerlo del palmarés del Celtic y del Rangers. En uno de los países donde el sistema democrático asomó la cabeza más temprano se erigen dos auténticos dictadores del fútbol escocés. Echando mano de las estadísticas se puede apreciar un dato revelador: de los 121 campeonatos jugados entre 1890 (año de formación de la Scottish Football League) y 2012 (año del descenso del Rangers por razones económicas), 103 (85%) han sido ganados por los dos colosos de Glasgow (54 para el Rangers y 49 para el Celtic).

Cuando unen fuerzas, Glasgow sonríe. Y no solo por presumir de palmarés respecto las demás ciudades. En los últimos años, Rangers y Celtic se asociaron para formar el Old Firm Alliance, una iniciativa destinada a educar a los niños de toda la ciudad sobre ámbitos tales como la alimentación saludable y la buena salud física, pero también para concienciar a los más pequeños de conductas antisociales, sectarias o racistas. Fantasmas que nunca han dejado de sobrevolar sobre Glasgow.

De forma individual, ambos clubes también han emprendido acciones para ahuyentar cualquier atisbo de intolerancia en los terrenos de juego. Empezando por el Celtic, en 1996 el club del trébol impulsó su campaña Bhoys Against Bigotry, seguida después por Youth Against Bigotry con la intención de hacer respetar y de educar a los jóvenes sobre todos los aspectos que rodean a una comunidad: razas, colores, credos, etc. Los Gers (apodo de los Rangers) no podían ser menos y en 2007 lanzaron la campaña Follow With Pride con el fin de limpiar la imagen del club y organizar campañas para combatir el racismo y el sectarismo. Y no solo lo consiguió, sino que, además, en septiembre del mismo año recibió los elogios de la mismísima UEFA. Para ponerse colorado.

¿Crisis de identidad?

Después de edulcorar la rivalidad deportiva entre Bhoys y Gers con el impulso de campañas conjuntas con fines tan nobles como la prevención de conductas sectarias, ahora al cuento le toca experimentar una vuelta de tuerca digna de mención. Un episodio que bien pudo provocar una crisis de estado en Gran Bretaña: el descenso del Rangers a la cuarta categoría del fútbol escocés. El colapso financiero que sufrió el club dinamitó su presencia en la primera división escocesa, hecho que significaba que, por primera vez en 120 años, el Old Firm dejaría de celebrarse. En un principio, los católicos se relamían ante las penurias que pasaban sus “queridos” vecinos. Y desde un sector de su hinchada se empujó hacía una dirección muy concreta: cambiar el relato del Old Firm. La lógica era la siguiente: dado que los Gers se “extinguieron” en 2012, la rivalidad debía seguir el mismo curso, de modo que cualquier encuentro disputado desde entonces sería entre el Celtic y un “nuevo Rangers”, a pesar de mantener su estadio, colores, afición y jugadores. Pero, tal vez, lo que más dolió al Rangers fue que suplantaran su identidad. Los partidarios del nuevo relato se refirieron despectivamente al club como Sveco, la compañía que adquirió los activos deportivos del club a partir de 2012.

Sin embargo, lejos de borrar el Old Firm del mapa, este episodio solo hizo que avivar la rivalidad en Glasgow. Más leña al fuego. Y Celtic Park era un escenario idóneo para comprobarlo. En junio de 2012 se exhibió una gran pancarta que mostraba a un zombi de dibujos animados que representaba a los Gers saliendo de la tumba antes de ser disparado por un francotirador. La polémica estaba servida, dado que el francotirador se asemejaba sobremanera a un paramilitar del conflicto de Irlanda del Norte.

Pero los Gers no tardaron en regresar al lugar donde habían pasado la mayor parte de su historia. La campaña 2016-2017 no podía ser una cualquiera. El Old Firm estaba de vuelta en partido de liga y los hinchas del Celtic, aunque con la boca pequeña, se alegraban de ello en algún pequeño rincón de su corazón. Porque es lo que tienen los derbis, esos extraños fenómenos en los que te pasas todo el año deseando los peores augurios para tus vecinos, pero sabes que, en realidad, sin ellos, no eres nada. Es una nostalgia particular. Es como si el no poder contraponer tu identidad con la contraria debilitara un poco la tuya propia. Así son los derbis, pero especialmente lo es el de Glasgow. ¿Católicos sin protestantes? ¿Banderas británicas sin la tricolor irlandesa?

Dos anécdotas más para terminar. 1963. Partido en el Ibrox Stadium. Minuto de silencio. John Kennedy, asesinado por causas que, aún hoy, están sujetas a especulaciones. La hinchada protestante se abstiene de guardar silencio entonando lo siguiente: “Ahorquemos al papa de Roma con una soga naranja (el color de los paramilitares del Ulster)”. ¿De qué religión era el expresidente? Pues eso.

Paul Gascoigne, mítico jugador de los Rangers, no se pudo estar de dedicar a la afición rival el provocador gesto de tocar una flauta escocesa. Lejos de querer dedicarles una dulce melodía, la flauta es un símbolo protestante que utilizan los miembros de la Orden de Orange en los polémicos desfiles del Ulster. Música para los oídos de los Gers.

¿La religión? El Todo. ¿La política? Inseparable del fútbol. ¿La procedencia? La idiosincrasia de los clubes. Y… ¿el balón? Una excusa, tal vez. Así es Glasgow. Así es el Old Firm.