En una isla marcada por las películas de Coppola a principios de los 70, una ciudad entregada sufre los envites de la crisis y la mediocridad futbolística por igual.


Estoy esperando el autobús, pero no llega. Sabía que la puntualidad del transporte público en Palermo brillaba por su ausencia, pero no esperaba un retraso de más de 20 minutos.

Saco el móvil para ver las alineaciones mientras espero: el Palermo jugará con un 4-4-2, con los centrocampistas en rombo mientras que el Vicenza sale con un 4-3-3, pero no conozco a ninguno de los jugadores.

 

Finalmente llega, subo con otras 10 personas, de las cuales soy el único que valida su billete, y pronto comprendo qué era lo que había ocasionado el retraso. Un grupo de unos 8 chavales que deberían tener entre 12 y 16 años había agotado la paciencia del conductor, provocando que parara el bus y requiriera de la presencia de un policía para continuar el trayecto. Los niños, porque no eran más que niños, ya no saltaban sobre los asientos ni sacaban la cabeza por la ventana, tampoco gritaban ni tiraban papeles al suelo, y el volumen de la música que salía de sus altavoces había disminuido. No obstante, decidieron focalizar toda su rabia hacia el censurador, encarándose durante todo el trayecto con el policía, hasta el punto de gritar, insultarlo y levantarle la mano de forma amenazante. Cuando finalmente llegamos al final de línea, los chavales decidieron escupir al agente, el cual trató de perseguirlos, pero las rodillas y las piernas del hombre ya no estaban para estos trotes, con lo que decidió abandonar y volver al bus, con un rastro de saliva juvenil en la mejilla.

 

En el paseo entre la parada donde me apeé del autobús y el estadio, los mismos niños decidieron seguir en su cruzada vandálica, molestando primero a una joven pareja, los cuales aceleraron el paso cuando los mocosos empezaron a arrojarles las primeras bolas de papel; y segundo a un hombre bien entrado en la vejez, alguien que había vivido demasiado como para aguantar semejantes chiquilladas, y empezó a recriminarles y a vociferar, algo que los jóvenes encontraron gracioso, ya que habían cumplido el objetivo, sacar a alguien de sus casillas. Habían ganado. Luego torcieron por una callejuela y los perdí de vista. Por mi cabeza pasaron todas las páginas que había leido en las novelas de Roberto Saviano (La banda de los niños, Beso feroz), los capítulos de la serie Gomorra, y especialmente el policía del autobús. Su semblante de frustración y la impotencia que desprendía me impactaron como el claro reflejo del desgobierno que impera en el sur de Italia y del cual siempre había oido; la sensación de que la capacidad de imposición de las autoridades y la administración, y el respeto que la ciudadanía les profesa era muy distinta de lo que ocurría en las lejanas regiones de la Lombardía, el Piemonte o el Véneto.

 

Al fin llego al Stadio Renzo Barbera, pese a que en los carteles de la ciudad las indicaciones señalan hacia el Stadio La Favorita, nombre homónimo del parque en el cual se encuentra el estadio. Aunque inaugurado en los años 30, en 1989 fue renovado. Un dato curioso que encontré es que durante 9 años de la época mussoliniana, el campo se llamó Stadio Michelle Marrone, en honor a un soldado italiano caído durante la Guerra Civil espanyola.

Junto al estadio se encuentra el Monte Pellegrino, una montaña que surge justo al lado del mar, y en la que se encuentra el Santuario de Santa Rosalía, patrona de Palermo, y desde donde se observa toda la ciudad, incluido el estadio.

Llego a mi localidad, está ocupada, pero después de intercambiar las pocas palabras que pude chapurrear en italiano, nos entendimos y accedió a dejar mi asiento libre. El estadio está prácticamente vacío; es agosto, el equipo local milita en la Serie B, el visitante en la Serie C, es un partido de primera ronda de Coppa, y estamos en Italia, donde casi por decreto no se llena ningún campo, por mucho que una entrada en el lateral me haya costado 4€.

Los jugadores ya calientan sobre el césped, y los titulares del Palermo lucen un peto azul sobre la camisa rosada que caracteriza al equipo, pues no es un color muy recurrente en las grandes ligas europeas. Rápidamente distingo a Fiordillino con sus botas verdes, a Jajalo por su envergadura y particular zancada, a Murawski por su tremendo esprint y a Nestorovski por sus tatuajes, aunque se ha teñido el pelo de rubio de bote, como tan de moda está hoy.

Empieza el encuentro y los de Tedino se organizan en un 4-4-2, como ya había visto media hora antes en mi móvil, con el rombo en el medio y Nestorovski y Moreo de referencias ofensivas. El partido no ofrece mucho, mucho pelotazo, poca combinación y poco control en el centro. Me gusta Salvi, el nuevo fichaje para el lateral derecho; es el único que intenta atacar de forma ordenada, siendo además elegante en la carrera y en el toque. No obstante, los rosaneri no marcan el tempo y los más acérrimos que sí han venido al campo empiezan a exasperarse. La desesperación explota cuando en el segundo tiempo se adelanta el Vicenza. La grada ya no soporta que Moreo sea incapaz de bajar un balón o que las conducciones de Trajkovski acaben con el macedonio enredándose entre un bosque de piernas rivales.

Por un momento desvío mi mirada hacia la curva, en un balón que ha salido despedido, y alcanzo a ver a los 8 chavalines que tanta tensión habían creado en el bus. Como era de esperar, no estaban sentados, sino correteando entre los asientos vacíos; y por si fuera poco, cuando el balón llegó a ellos, uno decidió tomarlo en brazos y salir corriendo del estadio, en vez de devolverlo a los recogepelotas. No se si finalmente se lo llevó.

Tiempo añadido y el Palermo no transmite confianza, la gente empieza a desfilar por los túneles del estadio. Van a sacar el enésimo saque de esquina, Brignoli deja la portería vacía para crear superioridad en el área. Murawski la eleva al punto de penal y Rajkovic cabecea a gol, la grada estalla, el central serbio corre por la banda y grita, vamos a la prórroga.

Abandono momentáneamente mi asiento para comer algo, ya que al descanso me quedé tomando fotos. Llego a la garita y veo que hay hot-dogs, patatas, agua, coca-cola… y pizzettas! Me sorprende encontrar gastronomía local hasta en el estadio, así que tomo una y vuelvo a mi asiento.

Empieza la prórroga y parece que el partido no se haya detenido, los vaivenes son constantes y el empate no ha ayudado a que los locales desarrollen un juego dominante. Es en estas que el Vicenza merodea los tres cuartos, apertura a la banda, pase a la frontal y al primer toque la clavan a la escuadra. Me acuerdo del gol de Villa en Wembley en el 3-1 del Barça al United.

La grada insulta, arroja objetos al césped, otra vez no, ahora sí que están fuera. La frustración y la decepción que vivieron la temporada pasada no ha curado todavía, cuando después de ganar 2-1 al Frosinone en el playoff de ascenso, cayeron por 2-0 en la vuelta, truncándose el retorno a la Serie A. Un golpe duro para un equipo que ha promocionado carreras como las de Dybala, Cavani, Pastore, Belotti o Franco Vazquez, además de otros insignes de la Serie A como Grosso, Gilardino, Barzagli, Zaccardo, Balzaretti, Barreto, Luca Toni o Miccoli.

Descanso de la prórroga, cambio de campo y últimos 15 minutos. El Palermo lo intenta, pero por muy frescos que estén los recambios, Balogh y Haas no mejoran al equipo, Murawski corre pero su sacrificio no tiene recompensa y Trajkovski es el centro de todas las críticas. Minuto 118 y el Palermo tiene otro córner a favor, Brignoli no sube esta vez, aún no es la última jugada. Fiordillino la bota, el esférico va al primer palo, Rajkovic se eleva y marca de nuevo. Gol. El central vuelve a empatar y la alegría vuelve a estallar en la grada. Vamos a los penales.

El sol ya hace rato que ha dejado paso a la oscura noche, el árbitro tira la moneda al aire y los vénetos ganan el sorteo, los penales serán en la curva sud, alejada de los tifosi que llevan alentando y animando todo el partido con banderas y sin camiseta.

El Vicenza se adelanta y transforma con seguridad. Nestorovski, el capitán, toma la responsabilidad, lanza el primero. Lo han parado. Muy suave y centrado. El señor que se sienta a mi lado no aguanta más, se levanta e insulta de forma escatológica al delantero. No obstante, a medida que prosiguió la tanda, Brignoli paró dos penales y Bellusci marcó el de la victoria para los locales. La euforia fue real, pero contenida. El sufrimiento mostrado para derrotar a un Serie C no es un presagio muy alentador para una entidad que aspira a volver a la máxima categoría del fútbol italiano. Los jugadores lo saben y no lo celebran tampoco. Solo Rajkovic se ve contento, ha marcado dos goles y uno de los penales, por lo que el colegiado deja que se lleve la pelota, como si hubiera anotado un hat-trick.

Antes de abandonar el estadio hago una parada de boxes en el urinario. Apenas entro y lo primero que llama la atención es una gran pintada con letras rojas que reza “Catania Merda”. Supongo que hay que dejar claro siempre quién manda en la isla.

Vuelvo a casa caminando.  La prórroga y los penales han hecho que sea media noche, y los buses nocturnos tienen una frecuencia “oficial” de 30 minutos, que es lo que me lleva llegar caminando a mi alojamiento. Me estiro en la cama y le doy vueltas a la noche que he tenido. No puedo olvidar la mezcla de ira y resignación que vi en la cara de los aficionados, que era muy parecida a la del policía. Pienso en los padres de los niños que vi en el bus, y en los niños de la misma edad que vi apoyando al equipo. Dos mundos distintos y una misma frustración. Bienvenidos al sur

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