Suecia accede a los cuartos de final tras derrotar a una voluntariosa Suiza. Desde la Copa del Mundo de Estados Unidos (1994) que los nórdicos no alcanzaban esta fase. Los Pross serán su próximo obstáculo en el camino hacia la cima de un combinado, el sueco, que hace del “uno para todos, todos para uno” su particular filosofía de juego


Desde hace unas semanas, una nave vikinga permanece atracada en el puerto de San Petersburgo. Algunos incrédulos susurraban que en unos pocos días sacarían el ancla para poner rumbo a tierras suecas, pero el casco trincado, con mástil abatible, ligero y de poco calado y el timón de espadilla tan solo se movían unos centímetros, acariciados por el fluir del agua. A su vez, la única vela grande de la embarcación se encontraba enrollada, sin previsión de desplegarse para zarpar.

Suecia se erige entre las grandes sorpresas del campeonato. A pesar de compartir grupo con la todopoderosa Alemania y la Tricolor (además de Corea del Sur), los nórdicos lograron terminar en primera posición, con una contundente victoria por 3 a 0 frente a los mexicanos en la última jornada. En las fases finales, parecen desenvolverse con la misma soltura, consiguiendo neutralizar la neutralidad suiza en los octavos de final.

Pocos imaginaban semejante desempeño después de que el rey vikingo Zlatan Ibrahimovic anunciara su retirada de la selección. Para dar cuenta de su magnitud dentro del país nórdico, sería como hablar de Ragnar Lodbrok, legendario rey de Suecia y Dinamarca en el siglo IX. Algunos se aventuran a caracterizarlo como los restos vivientes del antiguo monarca. Sea como sea, parecía una pérdida irreparable para el combinado sueco, pero, a raíz de su marcha, los vikingos han hecho del conjunto su mejor hombre sobre el terreno de juego. Decía Ibra en una entrevista que “Zlatan significa oro”. Sin embargo, vista la velocidad que empieza a coger la nave vikinga, parece hacerse bueno el refrán “no es oro todo lo que reluce”.

A pesar de ser el lema nacional de Suiza, los nórdicos parecieron apropiarse del “uno para todos, todos para uno” para derrotar al conjunto helvético. Los suecos se plantaron en el Estadio Krestovski (San Petersburgo) cual iceberg en medio del mar. Gélido e impenetrable. Un solitario gol de su máximo talento, Emil Forsberg, fue suficiente para decantar un encuentro gris como el cielo de Estocolmo y que se estaba convirtiendo en la nana ideal para acostar a los niños.

Suecia ha experimentado su particular transición democrática. Si en el pasado era gobernada con puño de hierro por la gigantesca figura de Ibra, en el presente parece haberse realizado un pacífico traspaso de poderes al conjunto de los integrantes de la selección, sin privilegio alguno. Como inspirados por su apodo, aquel que los da a conocer como Das team (el equipo) o, teniendo en cuenta su actual trayectoria, como Wunderteam (el equipo maravilla). Sin adornos. El Estado del Bienestar sueco parece abarcar también el terreno de lo futbolístico.

Todavía le quedan muchos icebergs por sortear a la embarcación vikinga, cuyo rumbo va más allá de la conquista de la Copa del Mundo. Cuenta la mitología nórdica que existe un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín, que recibe el nombre de Valhalla (salón de los caídos). Ansiado por todos, pero tan solo reservado para unos pocos elegidos. Las valquirias, seres divinos femeninos al servicio de Odín, son las encargadas de conducir a los más heroicos de aquellos caídos en batalla hacia el Valhalla. Y precisamente de heroicidad no escasea la selección de Suecia, cuya eliminación, en caso de darse, no sería tan dramática. Tan solo será un paso más hacia el Valhalla.