“El balón viajero” inicia su andadura en la lejana Tailandia, país que comprendía parte del antiguo reino de Siam. Bangkok, su capital, es un lugar repleto de contrastes y un buen reflejo del sistema de valores tailandés, donde lo sagrado parece abarcarlo todo. En este contexto se encuentra el fútbol, deseoso de encontrar un sitio que Tailandia parece aún no estar preparado para ofrecerle


A pesar de estar en Barcelona, echo de menos el bullicio de la ciudad. Las calles permanecen desiertas. El claxon de los coches se abstiene de ejercer de banda sonora de la urbe, donde impera un silencio inusual. De repente, brotan luces de colores. El anochecer le sienta de maravilla a la Ciudad Condal. Está preciosa – pienso. Siempre me sucede lo mismo. Un sentimiento de orgullo barcelonés me invade al llegar. Me emociona ver de nuevo los letreros en catalán, escuchar las quejas de los taxistas con la que hay montada y sentir el calor del hogar de nuevo.

Pero al poco se me pasa. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? Tal vez demasiado temprano para adentrarse en cuestiones con trasfondo filosófico. Un halo de luz, tan inoportuno como de costumbre, interrumpe mis dulces sueños.

Me encontraba en otra ciudad o, mejor dicho, en otro mundo. Un caos gobernado por un orden meticuloso. Si quieres conocer una urbe, bueno es echar un vistazo al discurrir de los vehículos: motos con tres pasajeros y la melena al viento, adelantamientos por carriles inventados, pasos de cebra invisibles a ojos de los conductores… El paisaje urbano quedaba incompleto sin las aceras. Transitar por ellas se asemejaba, en ocasiones, a un ejercicio de funambulismo, de tan estrechas que eran. A ello cabe sumarle que eran el cobijo predilecto de los tenderetes ambulantes, los cuales parecían ser el más fiel reflejo de la idiosincrasia del país. Pararse a comer algo en uno de ellos era como deambular por la difusa línea que separa la valentía de la inconsciencia. Arroces, caldos en plena ebullición, frutas de todos los colores y de todos los sabores… y una dosis imprescindible de exotismo. Atravesando el río Chao Phraya accedíamos al Asiatique, el enésimo mercado que visitamos en Bangkok. Lo que mis ojos contemplaron expuesto en las distintas paradas al aire libre logró neutralizar la última dosis de jet lag que aún me acompañaba. Escarabajos, larvas, gusanos, escorpiones… hasta un caimán asándose a fuego lento. Lo típico. No probar ninguno de los citados manjares sigue carcomiéndome por dentro, por esa sensación de haber dejado escapar una oportunidad única e irrepetible. ¿A qué sabrían unas larvas barnizadas con curry rojo? – me pregunto poco antes de que mis ojos caigan vencidos por el cansancio.

Tal vez eran imaginaciones mías, pero sentía la presencia de una figura clavando su mirada sobre mí. Estaba en todas partes, en todas las esquinas. Sin moverse, me perseguía. El guía que nos acompañaba, con su inconfundible acento argentino, me ayudó a resolver el rompecabezas. Encuadrado en un marco dorado, se hallaba pintada con sumo esmero la figura del rey. Omnipresente. Omnipotente. Divino. A pesar de sus aires eternos, hacía poco tiempo que todo el país se había volcado en la celebración de su 66 cumpleaños. Visto con detalle, aparentaba muchos menos. Decidí atribuir este hecho a su aura divina en lugar de a un acto deliberado por parte del pintor/a. No entraba en mis planes desmitificar la imagen del rey, y más tarde comprobaría que no era el único en hacerlo.

No solo era otro mundo, también eran otros tiempos. Así lo reflejaba el calendario budista, que nos situaba en el año 2561. Entonces me sentí engañado. Ni rastro de naves espaciales ni de robots, como nos los habían pintado todas las películas futuristas por estas fechas. Bangkok permanecía estancada en el tiempo, como tomándose un respiro al inexorable paso del tiempo. La omnipresencia de lo sagrado era una señal de ello. Parecía haber templos budistas hasta debajo de las piedras, con la misma densidad con la que se erigen los supermercados en Barcelona. Budas dorados, de color esmeralda, sentados, reclinados, derechos… las combinaciones eran infinitas. Los templos eran custodiados por figuras monstruosas, encargadas de denegar la entrada a los malos espíritus. Pronto, nuestro nuevo guía (esta vez tailandés) se encargaría de ensanchar nuestro modesto conocimiento acerca del budismo. De manera gráfica nos dijo, además. Qué considerado – pensé. Mientras nos adentrábamos en las entrañas del conocido Mercado de las Flores, nuestra vista se tropezó con un pedigüeño que apenas conservaba fuerzas para levantar la mano para pedir limosna. Tan pronto como lo dejamos atrás, el considerado guía nos dio a entender que aquella era la viva imagen del karma. De repente, encontré que el término “considerado” rimaba con “desgraciado”; hasta me parecieron sinónimos mientras escuchaba al guía repitiendo, orgulloso, su gráfica enseñanza.

Cuanto más escuchaba hablar al guía, mejor comprendía el país en el que me encontraba inmerso. Es como si sus afiladas palabras fueran desgranando las distintas capas de una cebolla que, para redondear la metáfora, representaba Tailandia. Sin necesidad de observar la realidad con mis propios ojos. De todo ello me di cuenta cuando el guía, apodado Felipe, abordó el tema de la monarquía. Los tailandeses no tienen por costumbre celebrar su cumpleaños. Nada de pomposas tartas, de montañas de regalos o de iluminadas velas. Sin embargo, decir fiesta nacional y aniversario real era hablar de la misma cosa. Felipe, al igual que todo su país, lo veneraba. Era lo más parecido a un Buda terrenal. No había lugar para tener malas palabras contra su figura. En aquel instante, creí que lo más inteligente era no dar parte de la situación de la monarquía en España, a pesar de la insistencia de Felipe.

Sin previo aviso, la vena de politólogo se apoderó de mi cabeza. ¿Hasta qué punto era compatible un sistema democrático con lo sagrado? Esto último, por definición, es algo en tan alta consideración que no admite discusión. Es una cuestión de fe. Y mi sensación era que, en Tailandia, si algo abundaba, era lo sagrado. Mi ímpetu por resolver la pregunta me transportó a la Wikipedia, el Oráculo de Delfos del siglo XXI. Y comprendí muchas cosas. La más importante, que Tailandia no era una democracia, sino más bien una dictadura militar donde el Primer Ministro era, ni más ni menos, que el Comandante Jefe del Ejército tailandés. La más irónica era una cuestión puramente etimológica. Resulta que Tailandia tiene su origen en la expresión Prathet Thai, que significa “País de Gente Libre”. Cada rincón del mundo convive con una serie de contradicciones, lo único que cambia es el tiempo que tardamos en descubrirlas.

Durante los traslados en una suerte de furgoneta entre templo y templo, acostumbraba a agarrar un libro peculiar. “Los Simpson y la filosofía”. A buen entendedor, pocas palabras bastan. En uno de sus capítulos, trataban a Nietzsche, el “chico malo” de la filosofía. En concreto, la obra donde trata el asunto de las religiones y el significado que estas tienen para nuestra existencia. Mi lectura solo era interrumpida por la contemplación de Budas y más Budas. Todo ello, en su conjunto, me volvió a parecer irónico. Interesante. Enriquecedor. Fantástico. Horrible. Aterrador.

Una vez digerí el torbellino nietzscheano, me di cuenta del tremendo contraste con el que se despertaba cada mañana la capital tailandesa. Detrás de los ya mencionados tenderetes ambulantes, no era extraño encontrarse un bastión occidental como Starbucks Coffee. Como tampoco lo era observar la decrepitud de un bloque de viviendas antes de romperte el cuello por los gigantescos rascacielos de al lado. Un contraste salvaguardado por lo sagrado. Buda y el rey simbolizaban el pegamento de la sociedad tailandesa, la esfera bajo la cual desde la riqueza más pudiente hasta la pobreza más bochornosa encontraban cobijo.

El resto del viaje fue la confirmación de algunos tópicos y una experiencia que tan solo puede vivir aquél que tiene el privilegio de pasear por el mundo. Por un lado, la hospitalidad, tan asociada a la cultura asiática. Hay un conocido proverbio chino que reza lo siguiente: “el hombre que no sabe sonreír no debe abrir la tienda”. Y Tailandia no fue la excepción. Además, compitiendo con la elevada frecuencia con la que se erigían imágenes del rey, se encontraban los centros de masaje. Solo mi padre se decidió a entrar en uno de ellos y, a juzgar por su expresión de placer, pude corroborar que no solo había muchos masajistas, sino que también había buenos masajistas. Por otro lado, la experiencia. Nos encontrábamos en el aeropuerto, rumbo a una localidad costera llamada Krabi. Pero en aquel momento, más que la destinación, era un espacio del mismo aeropuerto el que llamaba poderosamente mi atención. Se trataba de un área reservada exclusivamente para monjes, enfundados siempre en una túnica naranja cruzada. Una especie de zona VIP. A la hora de embarcar, nos fijamos en que ellos eran los primeros en hacerlo. Un turista de origen asiático, algo inocente, se coló sin querer entre ellos en la cola para embarcar. En el momento de mostrar su pasaporte, el personal del aeropuerto fijó la mirada detrás de él. Era el monje rezagado, el cual tenía prioridad por delante del turista, de modo que pasó delante con total naturalidad. Muchas veces, detrás de acontecimientos aparentemente banales como el descrito, se esconden revelaciones mucho más profundas.

Pero ¿y el fútbol? En este apartado tan solo merece la pena añadir que logré la enésima adquisición en forma de camiseta. Buriram United, esta vez. Basta con anunciar que es el mejor equipo de Tailandia. No es decir mucho, pero a alguien debe tocarle ostentar este honor. Allí el fútbol no alcanza cotas sagradas. En España, en cambio, el Buda parece tener forma de pelota. Tal vez sea lo mismo, al fin y al cabo. Otra forma de cohesionar a las masas. De reunir a gentes de distintas clases sociales y formas de pensar en un mismo espacio. Solo que en unos lugares los llaman templos y en otros los llaman campos de fútbol.