El Mundial de Rusia no parece regirse por un fútbol de muchos quilates. Por el contrario, la manera más habitual de llegar a portería es a través de las alturas, procediendo el 26,6% de los goles de saques de esquina o de faltas centradas al área


El cielo de Rusia parece ser el protagonista inesperado de la presente Copa del Mundo. Lejos de deslizarse por el suelo con una celeridad mareante, acariciando el verde de cada uno de los estadios, el esférico parece sentir predilección por alzar el vuelo, cual pájaro, surcando los cielos.

Llama la atención que el 26,6% de los goles haya llegado mediante el saque de córneres o faltas centradas al área. Hasta el testarazo de Umtiti ante la Bélgica de Martínez, se había anotado un gol cada 24,4 córneres y un gol cada 21,8 faltas centradas al área. Se trata de unas cifras que distan mucho de las cosechadas en La Liga o la Premier League la pasada temporada, con una ratio de córneres por gol de 36,7 y 33,7, respectivamente.

El camino por el que Alemania y, especialmente España, lograron coronarse como campeones del mundo parece haber caído en el olvido. El juego de combinación veloz a la par que atractivo parece encontrar en Bélgica (además de Croacia) su último vestigio. La pelota, como carcomida por el hartazgo de arrastrarse por el suelo en los últimos años, parece desear flotar y respirar aire fresco. Esperando ser rematada por alguna oportuna cabeza. Otra vía completamente opuesta para provocar el reencuentro entre el esférico y las redes de la portería.

La pregunta que asalta muchas de las cabezas, aprovechando que la cosa va de altura, es si el fútbol practicado en el Mundial de Rusia se trata de un aviso para navegantes o, simplemente, de un acontecimiento casual. Lo cierto es que otro paradigma futbolístico parece hacerse hueco en el escaparate mundial en una competición donde las alturas han premiado figuras como Yerry Mina, coloso de colosos. O que ha permitido que la Francia de talentos como Mbappé o Griezmann acceda a la final del Mundial mediante las cabecitas de oro de Varane y Umtiti, los mejores centrales del campeonato.

Inglaterra, otra de las sorprendentes semifinalistas, es la selección que parece sentirse más cómoda en el presente contexto. En su estreno ante Túnez, por ejemplo, se llevaron una victoria en los compases finales mediante un tanto de córner de Harry Kane, uno de los dueños de las alturas, que ya había marcado el primero en otro saque de esquina. O en el caso de los cuartos de final ante Suecia, donde Maguire solo podía estrenar su cuenta goleadora con su selección con un potente remate de cabeza procedente de un saque de esquina.

Tras la falta de oxígeno sufrida por Bélgica en las alturas ante Francia, Croacia parece erigirse como el último superviviente de un modelo que necesita renovarse para volver a sorprender al adversario. La dupla Ivan-Luka es el alma máter del buen trato de balón, acariciándolo antes de entregarlo a su compañero. Sin embargo, tampoco es alérgica al juego aéreo, llegando a marcar en la prórroga ante Rusia por medio de un saque de esquina rematado por el central Vida.

En definitiva, en la presente edición del Mundial de Rusia, el balón parece deseoso de respirar aire fresco. De pasear por los cielos. Divirtiéndose siendo lanzado por catapultas e interceptado por alguna afortunada cabeza. La duda reside en si el vuelo es un mero pasatiempo o viene para quedarse. Lo que no alberga dudas es que, el Mundial, se erige como el mejor escenario para sacar a la luz un modelo distinto. Un Mundial alejado del preciosismo y más instalado en las alturas.