Tras la final disputada el pasado 15 de julio, en el estadio de Luzhniki, entre Francia y Croacia, se cierra el Mundial de Rusia 2018. Al igual que en las ediciones anteriores, múltiples son los acontecimientos que han acabado definiendo la celebración del presente Mundial. En definitiva, se trata de un Mundial poliédrico. Veamos algunas de sus caras que, de buen seguro, quedarán para el recuerdo


El Mundial de Rusia echaba a andar rodeado por la inseguridad que infundía la presencia de ultras en el país. Nada más lejos de la realidad. La Copa del Mundo de 2018, probablemente, será recordada por las exitosas medidas de seguridad que garantizaron el disfrute de tal acontecimiento. Afortunadamente, no hubo ni rastro de hooligans, aquellos individuos que se hacen llamar aficionados. Por no decir que ni siquiera hubo ningún tipo de alarma terrorista. Sobresaliente en este aspecto, sin duda.

El esférico echaba a rodar en el clásico partido inaugural, en el que, cómo no, no podía ausentarse el país anfitrión. No tenía mucho mérito presagiar que Rusia lograría deshacerse de Arabia Saudí. Pero parecía de locos que aquella Rusia consiguiera alcanzar los cuartos de final. También lo parecía el hecho de que el bigote de Cherchesov, seleccionador ruso, alcanzara unos niveles de popularidad que nada tienen que envidiar a los que ostenta el mismísimo Putin. Tan solo la subcampeona fue capaz de despertar a Rusia del sueño, con unos penaltis en los que Croacia se doctoró en este Mundial. La clásica fortaleza extra que se otorga a la anfitriona, por el mero hecho serlo, cobró sentido en la presente edición. Por lo demás, como el anecdótico episodio del amoníaco que inhalaron los jugadores rusos, no merece la pena extenderse.

El 11 se erige como uno de los números mágicos del Mundial de Rusia. Precisamente, los metros que separan el punto de penalti de la portería. En el mismo, se plantó el esférico hasta en 29 ocasiones a lo largo del campeonato. Una cifra de récord a la que cabe sumar cuatro tandas de penaltis. Estas últimas son el escenario ideal para que los guardametas exhiban sus aptitudes felinas y asombren a todo el mundo con sus paradas. El presente Mundial nos legó prodigiosas actuaciones en este tipo de situaciones, como las de Schmeichel, Subašić, Pickford o Akinféev.

Cuesta disociar el fenómeno anterior respecto a la introducción de una tecnología que, vista en perspectiva, supondrá un absoluto punto de inflexión en el mundo de la pelota. Por encima de cualquier fenómeno ocurrido en la Copa de Mundo 2018, se erige, sin lugar a duda, el VAR. No le faltan partidarios, los cuales abogan por un fútbol más justo en el que se minimicen los errores arbitrales. Pero tampoco detractores, quiénes le achacan que provoque una pérdida de la esencia y la salsa de este deporte, además de ralentizar el ritmo del juego. “Nunca volveremos a ver un gol en fuera de juego”. Eso mismo exhortó el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para dar cuenta de lo trascendental de su introducción. Para los más escépticos al respecto, los datos muestran que el nivel de aciertos de los colegiados sin el VAR era del 95%, cifra que ascendería al 99,3% con la aplicación del VAR. A 0,7% de la perfección. Más números: antes de la final, se revisaron 445 incidentes y se hicieron 16 modificaciones para pasar de un error a una decisión correcta. Además, ninguna tarjeta roja por conducta violenta. Los números no engañan.

Este Mundial parece demostrar que la tecnología no anula el factor sorpresa. Probablemente, junto con el VAR, esta edición será recordada por ser el Mundial de las sorpresas. Tan solo Francia, que logró bordar en su camiseta su segunda estrella, pudo escapar de la maldición de los gigantes. El caso más sonado fue la eliminación de Alemania en la fase de grupos, por ser la primera vez en su historia que sucedía. De nuevo, el vigente campeón caía a las primeras de cambio, tal y como le sucedió a España en el Mundial de Brasil 2014. La llegada de los octavos de final sacudió de nuevo la competición, cual terremoto. Sus principales víctimas serían Argentina, Portugal y España. Llamadas a alcanzar cotas más altas, su hundimiento no pasó inadvertido. Un Mundial que no entiende de favoritos y donde el peso de la camiseta parece caer en bolsa. Pero no se acaba ahí la cosa, ya que la todopoderosa Brasil, la pentacampeona de este torneo, también diría adiós en un partido para el recuerdo ante Bélgica. De poder a poder. La samba desaparecía en cuartos de final para elevar a los Diablos Rojos, los eternos aspirantes que, al fin, decidieron serlo de verdad. La obtención del tercer puesto es el mayor logro alcanzado por dicha selección que, de tanto humo, acabó echando fuego. Aunque menos mediatizada, la selección sueca, huérfana de su máximo exponente (Zlatan Ibrahimović), se coló entre las ocho mejores selecciones, construyendo un bloque de hielo que tan solo los Pross pudieron hacer añicos. Una Inglaterra por la que nadie daba un duro (en este caso, una libra esterlina). Y no por la calidad de sus jugadores que, comandados por el ariete Harry Kane, parece fuera de toda duda. Pero sí por estar sumida en una espiral de decepciones, con la reciente caída ante Islandia en cuartos de final de la pasada Eurocopa, de la que pudieron escapar por medio del balón parado. Otra vez se asoman las cifras, con 9 de los 12 goles anotados a balón parado. O para los más adeptos a los porcentajes, el 75% de sus goles en Rusia. Mucho tiene que ver en ello su entrenador, Gareth Southgate, a cuya prodigiosa pizarra se merece dedicarle unas líneas.

Sin embargo, la madre de todas las sorpresas fue Croacia. No sería desacertado llamarla la Croacia de Modrić, el termómetro de los Balcanes, que acabó llevándose el premio al mejor jugador del Mundial. Un reconocimiento amargo, al igual que el que recibió Messi cuatro años atrás tras perder ante Alemania. Esta vez, el verdugo fue Francia. Pero también fue la Croacia del incansable Rakitić, la del inexpugnable Subašić o la del admirable Dalić. La historia de un país repleta de penurias, con una sangrienta guerra en el polvorín que históricamente han representado los Balcanes. Hace menos de 20 años que cesó el ruido de los disparos. Un oscuro pasado que se refleja en la historia personal de muchos de sus futbolistas, como Modrić, un refugiado de guerra cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, o la de Rakitić, nacido en Suiza debido al conflicto de los Balcanes. Su camino hacia la final fue tan largo y duro como el transcurso de la guerra misma, pero en esta ocasión, afortunadamente, “solo” era fútbol. Un fútbol que, con la colaboración de la dupla Ivan-Luka, deleitó a todo el mundo. Pero que también incorporó elevadas dosis de sufrimiento. Para sortear una repesca, dos tandas de penaltis y una prórroga en semifinales, tienes que estar hecho de otra pasta. Los croatas conocen el sufrimiento, y supieron juguetear con él a las mil maravillas. A pesar de caer ante Francia, en una final donde los balcánicos nunca habían hecho acto de presencia en su corta historia como Estado independiente, nada se le puede reprochar. Con apenas 4 millones y pico de personas a sus espaldas, Croacia logra escribir una bonita historia que permitirá empezar a cerrar cicatrices del pasado. La pelota tiene por virtud unir, y el pueblo croata, así como el territorio en el que se enmarca, necesita buenas noticias relacionadas con ella. Siempre se dice que la historia tan solo recordará a Francia, al campeón, pero lo cierto es que en los corazoncitos de todos los amantes de este deporte siempre permanecerá un rinconcito croata.

Tras citar al subcampeón, sería grosero no mencionar a continuación a la Francia de Deschamps. Único técnico en levantar la Copa del Mundo en calidad de jugador y de entrenador, junto con Zagallo y Beckenbauer. Hacía 20 años de aquello y, con el añadido de la derrota en la final de la pasada Eurocopa de Francia, el Gallo estaba deseoso de volver a entonar su garganta. Despertando a los croatas de un sueño que parecía demasiado real. La Francia mestiza de la que el Presidente de La République tan solo parece sentirse orgulloso cuando le pone en sus vitrinas el segundo entorchado. Una Francia de cuyo juego se ha escrito mucho, pero no demasiado bien. Un conjunto que brilla por su solidez, más que por su juego atractivo. Con una suficiencia y una fiabilidad que asustan. Más pragmática, que bella. Con la precocidad de Mbappé que, con tan solo 19 añitos, ya se lo compara con el mismísimo Pelé. Con la inteligencia de Griezmann, a quién la toma de su particular decisión parece no haberle afectado en nada. Sin necesidad de que tu delantero centro, Giroud, anote ningún gol (a pesar de realizar un gran trabajo) para levantar el preciado trofeo. Eso resume a la perfección el triunfo de Les Bleus.

Antes de que Francia colocara otra estrella en la constelación rusa, otro tipo de estrellas se desprendieron de los cielos para morder el polvo. El triunvirato formado por Messi, Cristiano y Neymar, que prometía brillar como el que más, fue una de las grandes decepciones del Mundial. El Mundial de Rusia premió al colectivo y castigó a las grandes individualidades. La igualdad como tónica dominante en la práctica totalidad de los encuentros dificultó que la calidad de estos jugadores decantara la balanza a favor de los suyos. Con el permiso de Modrić, Hazard se erigió como un rompedor de líneas nato. Era una de las estrellas del Mundial, aunque por debajo del triunvirato, pero no defraudó. El dichoso Balón de Oro, el cual sale a la prensa con una frecuencia enfermiza, se encuentra más disputado que nunca. Después del presente Mundial, Messi y Cristiano, tiranos del esférico en la última década, son menos favoritos que nunca. Y Neymar, llamado a ser el sucesor al trono, aún está lejos de ponerse la corona.

Siguiendo en el terreno futbolístico, una de las caras más desgraciadas de este poliédrico Mundial fue el papel de África. No ocurría desde el lejano Mundial de España 1982 que ninguna selección africana no lograra acudir a los octavos de final. Un Mundial siempre lo es menos sin ningún representante del citado continente. Marruecos, repleta de jugadores plenamente contrastados, fue seguramente una de las grandes decepciones. Senegal, en cambio, sorprendió a propios y extraños con una victoria ante una pobre Polonia. Solo una mayor cantidad de tarjetas amarillas que Japón privó al conjunto africano de acceder a los octavos de final. En líneas generales, no hubo Fair Play con los africanos. Ni siquiera con Nigeria, que tenía el pase en su mano en el enfrentamiento contra Argentina, pero un milagroso tanto de Marcos Rojo dio al traste con su clasificación. Decía Aliou Cissé, seleccionador de Senegal, que espera que “algún día un país africano gane el Mundial”. Lo decía en vísperas de su debut ante Polonia. Pero, después de observar el desempeño de su continente, lo cierto es que parece poco menos que una utopía.

Junto con las sorpresas de diversas selecciones, también caben futbolistas que experimentaron su particular renacer en el lugar más adecuado: la Copa del Mundo. Uno de los casos más sonados es el de Chéryshev. Pasó de estar prácticamente descartado para la selección a erigirse como una de sus principales estrellas. Con 4 tantos en su haber, tantos como el todopoderoso Cristiano Ronaldo, guio a la anfitriona más allá de las expectativas de los más optimistas. Su gol más recordado, por la belleza de su factura y por el momento de la competición, será seguramente el que endosó a Croacia en los cuartos de final. Una magnífica pared con Dzyuba y un mísil teledirigido fueron suficientes para sacar las telarañas de la portería de Subašić. Y sin movernos de Rusia, uno no puede olvidarse del gigantón Dzyuba. Prácticamente sin opciones de acudir a la convocatoria, el rendimiento ofrecido en el torneo casi lo sorprendió a él mismo. Otros casos dignos de mención llevan el nombre de Pavard y Trippier. Ambos en el lateral, cabalgando incansables por su banda, de la que se hicieron dueños y señores. Especialmente Trippier que, con sus centros laterales, hizo mucho daño a las defensas rivales. Además, logró firmar un tanto de falta de bellísima ejecución. Siguiendo en la línea defensiva, concretamente en el centro de la defensa, tal vez la sorpresa más mayúscula empieza por Yerry y acaba por Mina. El colombiano, prácticamente desahuciado de los onces del Barcelona, se erigió como el baluarte de Colombia, con tres testarazos que fueron el oxígeno con el que los cafeteros lograrían pisar los octavos, pero los penaltis ante Inglaterra frustraron sus aspiraciones. Del bando nipón, Inui, si bien conocíamos sus magníficas prestaciones en la liga española, reprodujo todos sus encantos en el Mundial, con un espectacular tanto ante Bélgica. Finalmente, sería injusto olvidarse de Witsel, del que poco se ha escrito. A pesar de militar en el Tianjin Quanjian, de la Superliga China, mostró un gran nivel en el pivote defensivo, con una distribución de balón rebosante de criterio y elegancia.

Para terminar con esta radiografía de algunas de las caras del Mundial, convendría resaltar dos episodios más:

El primero son los entrenadores. En un juego de emociones como es el fútbol, su figura se encuentra encorsetada en un rectángulo, dibujado con líneas discontinuas sobre el césped. A veces rebasándola, poseídos por las pasiones que desprende este deporte. Especialmente encorsetado se encontraba Southgate, seleccionador de Inglaterra, cuyo elegante chaleco ocupaba portadas en su país y provocaba furor entre sus aficionados. Sin embargo, lo relevante fue su pizarra, en lugar del chaleco. De las enseñanzas tácticas que salieron de ella se aprovechó la selección inglesa, con los citados 9 de 12 goles a balón parado. Logró sacar al país precursor del fútbol de una dinámica depauperante, situándolo a un solo paso de la gran final. Otro caso que no debe pasar desapercibido es el de Robert Martínez. El técnico catalán convirtió a la eterna aspirante en una candidata real, de carne y huesos. Tal y como reconoció el mismo De Bruyne, Martínez logró hacer creer a los suyos que eran capaces de materializar sus sueños, los cuales pasaban, inevitablemente, por levantar la Copa del Mundo. Francia les frenó en seco, pero con la vitoria en el partido de consolación ante Inglaterra alcanzaron la mejor clasificación en un Mundial. Dejando a un lado datos empíricos, la pizarra de Martínez nos regaló un fútbol que olía a perfume refrescante, siendo Bélgica una isla en un Mundial más pragmático que preciosista. Aunque no fuera premiado con el trofeo, los amantes de un juego propositivo y vistoso estarán eternamente agradecidos con el país del chocolate. De los entrenadores finalistas no es menester extenderse más de lo expuesto anteriormente. Pero no podría cerrarse el apartado de entrenadores sin destacar lo sucedido en el seno de la selección española: la destitución de Lopetegui a tan sólo dos días de su debut mundialista, después de anunciarse que firmaba con el Real Madrid para la próxima temporada. Algo inaudito, de lo que no tardaron en hacerse eco todos los medios internacionales presentes en Rusia. España ya empezaba derrotada en un Mundial en el que pasó sin pena ni gloria, como un alma desangelada, lejos del fútbol de tantos quilates que enamoró al planeta fútbol. El varapalo ante la anfitriona, en la tanda de penaltis, debería ser más que suficiente para que la Roja se sacudiera de su letargo.

El segundo es el acoso a las mujeres. La FIFA tomó cartas sobre el asunto al observar las alarmantes cifras de dicho fenómeno. Según datos oficiales, al menos 30 mujeres han sido acosadas durante la celebración de la competición, siendo 15 de ellas periodistas. Además, cabe tener presente que los casos registrados por homofobia o racismo, otras problemáticas que merecerían un artículo aparte, son inferiores a los registrados por sexismo. Como respuesta, el máximo organismo futbolístico exigió que las cámaras no enfocasen, durante la retransmisión de los encuentros del Mundial, a “mujeres guapas”. Por supuesto, una medida insuficiente, pero un primer paso al que se espera que lo sucedan muchos otros hasta erradicar el sexismo del fútbol.

Un Mundial poliédrico, repleto de aristas sin tiempo de explorar. Con el fallido ánimo de ser un repaso breve, espero no aburrir al lector con semejante extensión. Sin embargo, si se aventura en su lectura, navegará a través de las palabras por el emocionante Mundial de Rusia, una manera alternativa a vivirlo por televisión.