El Mundial de Rusia, también conocido como Mundial de las sorpresas, dista de ser el escenario que confirme en el poder a los zares del fútbol mundial. A la tempranera eliminación de Alemania, España, Argentina y Portugal cabe añadir el susto que se llevó Bélgica ante Japón. Entre las favoritas, tan solo Francia y Brasil se mantienen con vida


Hubo un tiempo en el que Rusia estuvo bajo el dominio de los zares, dueños de todo el poder político y económico y Protectores de la Ortodoxia. El título de zar fue adoptado por vez primera por parte de Iván IV en 1547 (comúnmente conocido como Iván El Terrible), considerado el principal creador del Estado ruso. La influencia de tales omnipotentes figuras no cesaría hasta el 1917, cuando Nicolás II renunciaría al trono de un Imperio ruso que se desmoronaba.

Con motivo de la celebración del Mundial de Rusia, la alargada sombra de la época de los zares parecía volver a acechar a la población. Las figuras de Messi o Cristiano Ronaldo, autócratas del fútbol contemporáneo, se trasladaban a tierras rusas para reafirmarse en el trono y llevarse la tan ansiada Copa del Mundo. Pero, sin embargo, acabaron corriendo la misma suerte que el desdichado Nicolás II: la profunda crisis en la que estaba inmerso su imperio se lo llevó por delante en un santiamén, tras 23 años en el poder. En los casos del argentino y del portugués, las crisis se llamaron Francia y Uruguay.

El Mundial de las sorpresas nos deja una Rusia sin zares. La prematura eliminación de Alemania dejó a la competición huérfana de uno de los poderes hegemónicos del mundo de la pelota, y el despropósito de España ante la anfitriona parecía rememorar la Crisis de 1898. Por si fuera poco, cerca estuvieron los nipones de apagar la furia de los Diablos Rojos, pero una contra en el último aliento incendió las posibilidades de Japón, la inocencia del cual le forzó a ejecutar su harakiri particular.

Tan solo las coronas de Brasil y Francia parecen no tambalearse en sus respectivas cabezas. Especialmente la del país de la samba que, de la mano de Tite, ha logrado fusionar el jogo bonito con una fortaleza defensiva digno de estudio. Solo un cabezazo de los suizos en la primera jornada ha logrado perforar las redes de Allison, el guardián “verdeamarelho”. En la carrera por rememorar la Rusia de los zares, la Francia de Mbappé y la Brasil de Neymar parecen los mejor posicionados para coger asiento en el trono.

Pero, tal vez, haya un aspirante con el que nadie contaba. A pesar de ser la anfitriona, nadie depositaba esperanzas en su desempeño mundialista. Ni la fe de una sociedad profundamente religiosa como la rusa parecía suficiente para creer en la selección comandada por Cherchesov. Nadie contaba con la corpulencia de Dzyuba, la velocidad de Cheryshev o el talento de Golovin. Muchos eran los que creían que, de no ser la anfitriona, no hubiera logrado la clasificación para la competición. Pero la selección rusa parece estar llevando a cabo su particular revolución bolchevique contra los poderes establecidos. La selección española era uno de ellos y cayó, abrumada por las ansias de cambio de los rusos.

Una Rusia bajo la atenta mirada de Putin parece resistirse al retorno de los zares. Sin embargo, la Francia de Mbappé y la Brasil de Neymar aún no han dicho la última palabra. Paralelamente, empieza a respirarse en la gélida Rusia una cierta brisa de cambio. No subestimen el aura de la anfitriona que, tal y como hicieron en su día los soviets, parece organizar de forma clandestina su particular revolución de octubre en el mes de julio.