El Olympique de Marseille presume de contar con uno de los públicos más entregados de toda Francia. Aunque el club no acostumbre a luchar por grandes títulos como antaño, miles de personas llenan el Vélodrome semana tras semana. Rugen, gritan y brincan para alentar a un equipo que representa mucho más que una ciudad.


La ciudad de Marsella, bañada por el mar Mediterráneo, ha sido y es escenario de numerosas expresiones artísticas. Imponentes iglesias de estilo neobizantino alzan sus muros en la ciudad, Dumas tomó la Isla de If como referencia en su obra el Conde de Montecristo, y por último, hasta Netflix se ha sumado al carro, impulsando una serie (“Marseille“) sobre la lucha política de la ciudad, y que cuenta con la presencia de Gerard Depardieu.
Se trata de una ciudad cosmopolita, en la que la tradición continental convive con la subsahariana y se cruza también con la magrebí, dando así paso a un enriquecedor multiculturalismo que se aprecia nada más poner un pie en la ciudad.

La pasión por el OM llega hasta el “semi-vandalismo”

Pasear por la zona del puerto viejo, descansar en el parque de Longchamps, ascender a lo alto de Notre Dame de la Garde para observar toda la ciudad o montar en barco hasta las islas que rozan la costa marsellesa son sólo algunas de las imperdibles experiencias que la ciudad puede ofrecer.
Pero de la misma manera que se respira multiculturalismo en cada local, en cada mercadillo y en cada barrio, hay una cosa común en todos ellos y que los homogeneiza: el fútbol. Caucásico, de color, árabe, asiático… Todo el mundo respira una misma pasión, el Olympique de Marseille. Hoy acudimos a uno de sus encuentros como local.

Después de 7 horas de bus llego a la estación de St.Charles a las 15:00 de la tarde.  No hay tiempo que perder, ya que en dos horas da inicio el OM-Caen y no quiero tomar el transporte público. El camino es bastante fácil, bajar en línea recta por el Boulevard d’Athènes hasta llegar a conectar con la Avenue du Prado, una larga avenida con diversos carriles, parecida a la Gran Vía de Madrid o Barcelona. Pero que el camino sea en una ruta sencilla no es mi principal aliado. Lo es el hecho de que cada vez más y más gente se suma a mi mismo recorrido, todos equipados con sus piezas de ropa y banderas con el emblema del OM. Yo llevo mi camiseta con Benoit Cheyrou a la espalda y el chándal de rigor. Y es que el chándal es la principal pieza y distintivo del aficionado marsellés, o eso se desprende de lo que se puede ver, tanto en la ciudad como en el estadio. Hay más gente con chándal (principalmente pantalón, pero también chaqueta) que con la camiseta de juego. Como si se tratara de un accesorio indispensable para mostrar la adhesión a un sentimiento y a unos colores.

La temporada no ha empezado especialmente bien para los de Rudi Garcia. La opción de luchar por la Ligue 1 está descartada, ya que el PSG es un rival inalcanzable a nivel de juego y plantilla (¡y de presupuesto!). El objetivo pasa por repetir la buena actuación de la temporada pasada, colarse en puestos europeos y hacer un buen papel en Europa League. Pero ni una ni otra. La Lazio y el Eintracht los han apeado de la competición continental con dolorosas derrotas, y en la liga doméstica, demasiados tropiezos inesperados y la sorprendente irrupción de conjuntos como el Lille o el Montpellier están haciendo que las plazas europeas sean cada vez más complicadas de alcanzar. Dura realidad para el único equipo de Francia que ha logrado alzarse con una Champions League (1993, 1-0 contra el Milan).

No obstante, el partido de hoy es frente al Caen, un rival asequible. Además los precios son de los más bajos de la temporada. Este hecho, sumado al temprano horario, hace que muchas familias con niños acudan al estadio. El Olympique no entiende de edades, si eres de Marsella, prácticamente naces del OM.

Subo las escaleras y ante mi se alza imponente el Stade Vélodrome. El nombre le fue dado porque realmente se trataba de un antiguo velódromo donde los aficionados que acudían a ver los eventos deportivos se sentaban en la “ladera” o “pista”, donde actualmente se encuentran las gradas. Reformado por última vez en 2014 y con capacidad para casi 70.000 personas. Una joya de la arquitectura futbolística, ya que las gradas y el tejado dibujan curvas bastante pronunciadas pero armoniosas, recreando las olas del mar al soplido del viento. Un sello más de la identidad de la ciudad.

Los aficionados marselleses no dejan de alentar.

No obstante, hay una mota muy grande en la panorámica que mis ojos contemplan. El estadio se llama Orange Vélodrome. La delicada situación económica del club obligó a firmar un acuerdo promocional con la empresa transnacional de comunicaciones. “Al menos es francesa”, pensarán algunos. Pero decir Francia es decir París, ya que es donde se concentra la sede de la mayoría de grandes empresas, entre ellas, de Orange. Y decir París es decir rivalidad. El centralismo político y social que se ha desarrollado en Francia a lo largo de su historia, trajo consigo la enemistad entre norte y sur, tan común en otros países mediterráneos. Pero dejando aparte la sociología, a este hecho se ha sumado el macro proyecto del PSG. La creación de un imperio balompédico a base de petrodólar no hace más que aumentar esa brecha, puesto que los norteños darán rienda suelta a su superioridad moral a base de títulos y fichajes mientras los marselleses se reafirman en su odio en el fútbol moderno, a la vez que sus vitrinas siguen vacías desde hace ya varios años, generando más y más frustración.

Pero hoy Neymar y Mbappé no están aquí. El rival es el Caen y la victoria debe ser tarea obligatoria si se quiere luchar por una posición europea. Dejo mi mochila en el guardarropas (gratuito) y penetro en las entrañas del estadio. Llego a mi localidad, no está ocupada. El sol todavía hace acto de presencia y me da de cara. Ya me dijo mi madre que me llevara una gorra… Mano en la frente y a aguantar.

La cantidad de chándales es ingente, continuo alucinado. En el fondo sur, entre el grupo de aficionados más acérrimos, se divisa una bandera que simboliza el escudo de la UEFA, con la pequeña diferencia de que en medio aparece la cara de Don Vito Corleone (Marlon Brando en “El Padrino) y que las letras rezan “Mafia” en vez de UEFA. Poco más que añadir.
Con tantos alicientes casi me olvido del partido. Pocas sorpresas en el once y en el planteamiento. Rudi Garcia opta por el ya clásico 4-2-3-1 y con la mayoría de los titulares habituales. Mandanda luce el brazalete de capitán bajo palos, Sarr ocupará la posición del sancionado Amavi en el lateral, y Mitroglou vuelve a ganarle la partida a Germain para ser el punta de referencia. No obstante, los nombres propios del equipo son Dimitri Payet y Florian Thauvin, que junto a Lucas Ocampos forman un tridente letal y muy versátil dadas las distintas características de cada uno de ellos.
Echa a rodar el balón y pronto se acaba la historia. El Caen es incapaz de generar peligro y el OM se hace con el control. Las ocasiones se suceden, pero no es hasta el minuto 36 que Thauvin traza una diagonal desde la derecha y su remate es ligeramente desviado por Mitroglou, enviándolo al fondo de la red. 1-0. Fácil. 10 minutos más tarde, en pleno contraataque, Payet envía un pase raso desde la derecha para que reciba Thauvin en la frontal. Se perfila, amaga, dispara. Gol del campeón del mundo (junto a Mandanda y Rami). 2-0. El marcador no volvería a moverse. Y eso que el VAR tuvo que hacer acto de presencia en los minutos finales para anular un gol al Caen, que luchó hasta el final.

3 puntos y todos contentos. Especialmente los niños, que durante los minutos finales de la segunda parte se dedicaron a perfeccionar su técnica en papiroflexia, creando decenas de aviones de papel que arrojaban desde la grada, viendo qué tan lejos podían llegar. Para sorpresa de todos, uno de ellos logró planear lo suficiente como para posarse sobre el terreno de juego. Algo que contar el lunes en la escuela, supongo.
Y si los más pequeños se divertían con las manualidades, los más grandes optaron por la pirotecnia. Abandonando el estadio, la marea de gente que salía de los vomitorios tomaba su corazón en el puño cada vez que los ultras encendían uno de sus petardos. Me asusté las 4 veces que los explotaron.

Andaba ya muy lejos del Vélodrome cuando me percaté que el sol que tanto me incomodó antes hacía ya tiempo que se había retirado. Sólo la última luz tenue del día parecía resistirse a dejar paso a la oscura noche. Pero una vez más no pudo aguantar la presión de las estrellas, que querían sus horas de gloria en el firmamento. Esa luz tenue que nos recuerda que por muy acostumbrados que estemos al día, y por mucho que nos guste la noche, ambos mundos tienen que convivir. Como el fútbol moderno y el pasional.

Esa luz tenue… que sólo tiene Marsella.

Compartir: